MANUELA CAÑIZARES

LA SANTA  DE  LA  LIBERTAD

 

   Texto: Gustavo Vies

Manuela Cañizares, heroína quiteña, obligó a los patriotas conjurados, reunidos en su casa la noche del 9 de agoste de 1809, a decidirse a dar el golpe revolucionario al amanecer del día siguiente: agosto 10 de 1809. En aquella ocasión asistían, entre otros, Juan Pío Montúfar, Juan de Dios Morales, Juan Salinas, Manuel Quiroga, Nicolás Peña, Antonio Ante y el cura José Riofrío. Nació en Quito el 27 de agosto de 1770. Murió el 15 de diciembre de 1814.

Manuela Cañizares Álvarez

 

   Con el advenimiento del año 1808, la soberbia del imperio español empieza un largo y tortuoso recorrido a través de un terreno erizado por doquier de reveses, humillaciones y derrotas que a la postre habrá de minar su poderío. La supremacía política y militar que España goza y abusa en el mundo, marca el principio de su fin cuando las tropas de Napoleón Bonaparte invaden su territorio. El terrible corso obliga al rey Carlos IV a renunciar, toma prisionero al heredero, don Fernando VII, e instala en el trono a su hermano "Pepe Botellas". A partir de entonces vivirá acontecimientos aciagos, sucediéndose unos a otros como las cuentas de un collar.

 

 

 

Napoleón Bonaparte

 

 

 

 

Fernando VII 

 

   José I Bonaparte,
apodado "Pepe Botellas"

  Los franceses se ensañan con el pueblo sojuzgado con un salvajismo digno de las hordas de Atila. No conceden piedad a los patriotas que, en defensa de la libertad combaten en desigualdad de condiciones a las tropas invasoras, tienen el infortunio de convertirse en sus prisioneros. La represión con ellos es terrible. Uno de los pintores españoles más destacados de todos los tiempos, Francisco de Goya, quien fuera testigo presencial de los sucesos ocurridos en Madrid durante los días 2 y 3 de mayo de 1808, los inmortaliza con espeluznante realismo y excepcional vigor expresivo en su famosa pintura "Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío" y en varias de las obras de su serie Los desastres de la guerra. El dramatismo, de las escenas de represión, con que el genial artista aragonés plasma en el lienzo, difícilmente podrá ser igualado por otro pintor.

 

 

Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío

Es sin duda ésta la obra más famosa del pintor aragonés Francisco
de Goya. Tiene un lugar de honor en el Museo del Prado de Madrid.

   España, que desde la expulsión de los moros no ha combatido puertas adentro, ante los súbitos acontecimientos actuales que suponen la pérdida de su soberanía, se ve forzada a centrar todos sus recursos y atención en preparar la lucha que le permitirá alcanzar la independencia. La suerte de ella se ha invertido inopinadamente, de omnipotente señora del orbe pasa casi sin transición a la condición de nación poco menos que esclava. Ahora carece de un Cid Campeador que aglutine en su torno las comunidades dispersas para conformar un sólido frente de lucha. Amotinamientos esporádicos surgen aquí y allá sin la debida organización ni la fuerza necesaria para hacer mella en el enemigo. Y mientras el pueblo se organiza, a la par que apura una apreciable ración de su propio chocolate, sus colonias, una detrás de otra, se pronuncian por su propia emancipación política. El germen del ideal independentista, que desde tiempo atrás se manifiesta en revueltas nada difíciles de apaciguar, emerge ahora franco e inquebrantable para encararse al opresor.

   En 1810 España ha sido ocupada totalmente por los franceses y sujeta al poder napoleónico y antibritánico. Por cierto, esta imperante situación es aprovechada también en la Real Audiencia de Quito.   

   "LA CONSPIRACIÓN DE QUITO. Este movimiento tiene su origen en una conspiración de los criollos para instaurar una Junta de Gobierno en el Reino. La acaudillaba el marqués de Selva Alegre y eran parte de ella el doctor Antonio Ante, el doctor Juan de Dios Morales, el abogado Manuel Rodríguez de Quiroga y el coronel Juan Salinas, entre otros. El plan fue descubierto por las autoridades y los comprometidos fueron apresados el 1 de marzo de 1809, iniciándose un proceso. Un extraño asalto a la sede del tribunal hizo desaparecer los expedientes del juicio y los acusados fueron puestos en libertad.

   "Los conspiradores contaron luego con el apoyo de otros criollos y se reunieron en una casa cercana a la catedral la noche del 9 de agosto de 1809 para organizar el golpe revolucionario del día siguiente. Si triunfaba se formaría una Junta de Gobierno con representantes de los cabildos pertenecientes a la Presidencia de Quito, que actuaría en nombre del rey Fernando VII. Hasta la constitución de ésta, actuaría una Junta Provisional presidida por el Marqués de Selva Alegre, de la que sería vicepresidente el obispo José Cuero y Caicedo y secretarios Juan de Dios Morales, Manuel Quiroga y Juan Larrea" (Carlos R. Tovar.- Brochadas o Relación de un veterano de la Independencia).

   La "casa cercana a la catedral", donde los conjurados se reúnen clandestina y ocasionalmente y también les acoge la noche del 9 de agosto de 1809, pertenece a doña Manuela Cañizares y Álvarez, una dama de privilegiada posesión en la sociedad quiteña. Doña Manuela es una mujer de extraordinaria belleza, clara inteligencia, talante risueño y, por añadidura, notablemente culta. La vida para ella hubiese resultado sin duda una prolongada y deliciosa fiesta sin más preocupación que la de disfrutarla a plenitud, pero, imbuida desde la infancia del más alto sentimiento cívico, no sueña sino con ver a su patria liberada del oprobioso yugo español. Paulatinamente, a medida que transcurre el tiempo y el sentido de la razón le presenta cada vez una visión más nítida del panorama político, comprende que la materialización de su sueño demanda supremo sacrificio, pero no se arredra ante semejante perspectiva. Es una patriota químicamente pura.

   Tan pronto como supera la etapa de la pubertad, Manuela, con absoluto desprecio a las murmuraciones que con su actitud se granjearía de sus conciudadanos, ya que por entonces una mujer no puede participar en la vida pública sin que su honorabilidad no sufriese desmedro, forma parte y consigue mantener encendido el fuego del patriotismo en un pequeño grupo de simpatizantes con la causa independentista. Este grupo compuesto casi en su totalidad por criollos y dirigido por Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga, convence a otras ilustres personalidades quiteñas, que tampoco comulgan con las autoridades de la Audiencia, para formar un frente común contra su despotismo.

   Los conjurados se reúnen, el 25 de diciembre de 1808, en la hacienda del Marqués de Selva Alegre con el propósito de instaurar la primera Junta Soberana de Gobierno de Quito, la cual tendría como prioritaria aspiración deponer a las autoridades españolas, acusándolas de responder a los intereses franceses, y reemplazarlas con mandos netamente criollos que gobernarían en nombre de Fernando VII.

   La conjura tarda demasiado en avanzar más allá del mero deseo de redención, ya que sus integrantes son hombres de disímiles propósitos y difíciles de ponerse de acuerdo entre sí, no obstante el unánime afán revolucionario que les mantiene unidos. Mientras tanto, los conjurados se reúnen de manera regular y clandestina en casa de doña Manuela Cañizares, quien no escatima esfuerzo ni ocasión para propiciar en su morada reuniones de aquellos caballeros que, aparentemente, no buscan sino solaz y aventuras galantes. La estratagema alcanza el resultado apetecido: las autoridades nada columbran de lo que realmente se cuece allí. Como el resto de los habitantes de la franciscana ciudad, murmuran acerca de la conducta impropia de doña Manuela admirados de que tomase ella tal derrotero.

   En la noche del 9 de agosto de 1809 se congregan los complotados por última vez para jurar incondicional fidelidad a la corona española y proclamar su respaldo a Fernando VII. Coordinan los últimos detalles de la insurrección y designan responsabilidades a todos y cada uno de sus miembros. Un asunto trascendental como la defenestración del presidente de la Real Audiencia, merecía sin duda de extremado cuidado. Nada podían dejar al azar, pues si fracasaban en el intento difícilmente lograrían escapar con la piel íntegra.

   Es entonces cuando la fortaleza espiritual de varios de los comprometidos en la conspiración flaquea ostensiblemente y amenaza con hacer naufragar el movimiento en un mar de frustraciones. El hálito de temor que estruja el corazón de los pusilámines, ronda peligrosamente la concurrencia, desalentando aun a los patriotas más valerosos. Y cuando parece que, al menos para la fecha prevista, todo está perdido, Manuela Cañizares, con el alma ungida de fervor cívico, los amonesta con estas célebres palabras que caen como un trallazo en la conciencia de los aludidos, haciéndolos reaccionar positivamente: "¡Cobardes… hombres nacidos para la servidumbre! ¿De qué tenéis miedo…? ¡No hay tiempo que perder…!"

   Esta valerosa acción impide que los quiteños declinen su fervor por la causa, y antes de rayar el alba del día siguiente, con renovado entusiasmo, capturan el cuartel Real de Lima y comunican al Conde Ruiz de Castilla que ha sido destituido del mando.

   La gesta heroica del 10 de agosto de 1809 y los sucesos que de ella se derivaron, según versiones de acreditados analistas de la historia de la lucha libertaria de la República de Ecuador, ocurrieron así:

   "El día 10 de agosto por la mañana el doctor Antonio Ante se presentó ante el presidente Manuel Urríes y le entregó el comunicado de la Junta Interina que solicitaba su dimisión, mientras en las calles la tropa de Salinas vitoreaba a la Junta Suprema de Quito. Urríes renunció y se constituyó la Junta con lo más selecto de la oligarquía local: cuatro marqueses y un conde. El presidente fue, efectivamente, el marqués de Selva Alegre y el vicepresidente el obispo Cuero, sin embargo como vocales fueron designados los marqueses de Villa Orellana, San José de Solanda y de Miraflores, además del conde de Selva Florida y los patricios Morales, Quiroga, Larrea, Matheu, Zambrano, Benavides y Álvarez.

   "Se repartieron las carteras de Secretaría del Interior, de Gracia y Justicia y de Hacienda, y se hizo un llamamiento a otras ciudades para que secundaran el movimiento.

   "Finalmente el 16 de agosto se trató de «legalizar» el golpe mediante un Cabildo realizado en la sala capitular del convento de San Agustín, contando con representantes de los barrios quiteños, del Ayuntamiento, del clero, etc.

   "Abolieron el monopolio del tabaco, bajaron los impuestos y alistaron más tropas al ejército miliciano local. Algunos revolucionarios ofrecieron sus propias contribuciones a la causa, mientras que otros intentaron secuestrar las propiedades eclesiásticas.

   "Los dos virreyes próximos de Santa Fe y Lima enviaron tropas contra Quito. Ante el avance realista por Popayán y Cuenca, la Junta decidió autodisolverse y devolver el gobierno al presidente Urríes el 28 de octubre del mismo año. Los españoles encarcelaron a 84 patriotas comprometidos con los sucesos y realizaron a continuación unos procesos que sembraron mayor descontento entre la población. La revolución de los marqueses había tenido poco respaldo popular, pero la persecución de sus promotores originó un verdadero estado de opinión general contra la autoridad.

   "Al terminar 1809 las noticias de los sucesos de Quito, y de otros lugares como Charcas, corrían por toda Hispanoamérica como ejemplos del malestar criollo ante la dominación española. Ésta necesitaba ya asentar su autoridad con escarmientos ejemplares. La experiencia adquirida en la formación de Juntas de Gobierno autónomas, aunque frustrada, parecía un mecanismo revolucionario utilizable como fórmula de transición política. Una nueva coyuntura permitiría su mejor aprovechamiento.

   "Los juicios contra los patriotas implicados en el movimiento del 10 de agosto repercutieron mucho, como ya hemos apuntado, en la opinión pública quiteña, que supo entonces de la próxima llegada del comisionado regio, Don Carlos Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre, que había presidido la Junta de Gobierno de 1809. El Gobernador Ruiz de Castilla temió alguna insurrección y acentuó las medidas de seguridad, ordenando nuevas detenciones que exaltaron más los ánimos.

"El 2 de agosto de 1810 se originó la matanza de Quito. Unos patriotas intentaron asaltar los cuarteles para liberar a los presos y las tropas realistas aprovecharon la ocasión para hacer una tremenda matanza de prisioneros —asesinaron a más de sesenta patriotas—, así como un saqueo en los barrios. Algunos quiteños señalaron que el propio Gobernador promovió la acción". 

   En cuanto a doña Manuela Cañizares, la heroína del 10 de agosto de 1809, es ulteriormente perseguida con saña por las autoridades realistas, obligándola a huir y a mantenerse escondida para proteger su vida. Pobre y recluida en la soledad del destierro, sin poder contemplar el albor de la patria redimida, pero feliz de haberse convertido en el espíritu de la Revolución, muere en 1814.

   El tiempo continúa indiferente, sin fijarse que con cada minuto que deja tras de sí, la historia se incrementa con nuevas páginas de sucesos que se producen infatigablemente. La matanza de los prisioneros del 2 de agosto actúa en el sentimiento cívico de los quiteños como el viento sobre el fuego de una hoguera: lo intensifica, no lo extingue. El germen de la insurrección, regado con la feraz sangre de los mártires del 2 de agosto, se descuella incontenible, se magnifica y, con la independencia de la patria, da su fruto en un lapso relativamente corto.

   Es indudable que, sin el aporte cívico de Manuela Cañizares, quien no escatima recursos pecuniarios ni se arredra ante la certeza de comprometer su honra para mantener viva la hoguera de la revolución, el proceso libertario hubiese tardado mucho tiempo en surtir el efecto anhelado. La ignominiosa noche del colonialismo bate en retirada ante la radiante presencia de aquel Ángel de la Libertad que, con su fulgor, despeja el horizonte para revelar mirajes de imponderable belleza y marcar el sendero de la Dignidad Nacional.

   Manuela Cañizares, la Santa de la Libertad, con quien todos los ecuatorianos mantenemos una deuda impaga, merece, por elemental sentido de justicia, figurar entre los más conspicuos héroes de la Patria. Pero, en vez de ello, es calumniada y vejada por seudos historiadores y políticos corruptos, que no representan sino la antipatria, la antihistoria, los mismos que, poco más tarde, impidieran el retorno de otra heroína, Manuelita Sáenz, obligándola a morir en el destierro, y que, incluso dos siglos después, arrebataran la Presidencia de la República a otra gran mujer, la doctora Rosalía Arteaga.

Al ser cesado de sus funciones el Presidente Abdalá Bucaram (por una extraña resolución del Parlamento), la doctora Rasalía Arteaga, en calidad de vicepresidente, constitucionalmente era la legítima Presidenta del Ecuador. Sin embargo, este mismo cuerpo legislativo le negó este derecho en base a una pérfida leguleyada.
Se mantuvo en la presidencia tan sólo por tres días.

 

Dra. Rosalía Arteaga

  

 

 La difusión del contenido de esta página busca, persigue y fomenta materializar la máxima aspiración del Libertador Simón Bolívar: ver cobijados por la misma bandera los pueblos que los libertó.

   Bolivariano, ten presente siempre que nuestras naciones, hoy fragmentadas y reducidas a la postración económica y moral por la ignominia del neocolonialismo y de unos cuantos malvados hijos que cumplen sus consignas a ultranza, deben unirse pronto y sólidamente, para marchar monolíticamente hacia el futuro. No existe alternativa, o nos unimos o desparecemos.

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