EL ECUADOR DESDE LA REPÚBLICA HASTA EL PRESENTE

    INTRODUCCIÓN. Como Bolívar lo había decretado, en 1823 se formó definitivamente la Gran Colombia, incorporando el Reino de Quito, Nueva Granada y Venezuela. Sólo duró siete años esta unión, siendo Venezuela la primera en independizarse seguida poco después por Quito, y quedando únicamente el territorio de Nueva Granada que asumiría el nombre de la república, siendo conocida desde entonces como República de Colombia. En 1830 el comandante militar de Quito, el general Juan José Flores, un venezolano de 30 años casado con una aristócrata quiteña, anunció la independencia del país.

    Gracias a las labores de la misión geodésica francesa, estos territorios eran bastante bien conocidos en Europa, por lo que a la hora de producirse la independencia se decidieron por tomar el nombre de República del Ecuador, lo que fue unánimemente aceptado por la Constituyente en el mismo año de 1830.

    Los habitantes de la nueva nación llegaban aproximadamente a 700.000 y sus mal delimitadas fronteras, motivo de disputas a lo largo de su historia contemporánea, se basaban en las de la antigua Audiencia colonial.

    La destrucción de vidas y propiedades, el surgimiento de nuevos líderes y la militarización de la sociedad, fueron acontecimientos que dieron un vuelco al antiguo orden colonial y que afectaron a las relaciones entre los distintos grupos sociales. La sociedad no podía ser inmune a las nuevas ideas liberales e igualitarias, ni a las argumentaciones que rechazaban la discriminación y pretendían la armonía de todos los grupos sociales en interés de la construcción nacional. La diferenciación legal entre los grupos raciales fue abolida a partir de entonces y nuevas constituciones declaraban a todos los ciudadanos iguales ante la ley. Asimismo, un importante agente de cambios fue la tendencia hacia la formación de una sociedad de clases, en un proceso en el que la riqueza se convirtió en el criterio principal de diferenciación social, y la categoría social se derivaba de los ingresos y no de definiciones legales. A pesar de todo, el cambio social que tuvo lugar en la América Hispana fue marginal y no revolucionario.

 

REPÚBLICA Y NACIONALIDAD

 

    GENERALIDADES. La nacionalidad criolla precedió a la Independencia y se podía descubrir en un sentido de lealtad a la patria, una creciente conciencia de identidad y la convicción de que los americanos no eran españoles. El individuo comenzó a identificarse con un grupo y los grupos tenían algunas de las cualidades de una nación: ascendencia, lenguaje, religión, territorio, costumbres y tradiciones comunes. La conciencia nacional estaba por supuesto restringida a las elites criollas, pues las castas tenían sólo un confuso sentimiento de nacionalidad, y los indios y los negros carecían de ello por completo.

    Tras la Independencia la política fue diseñada tanto por los nuevos líderes como por los grupos de poder económico nacional. Sus pretensiones consistían en convertir sus intereses particulares en una nueva metrópoli y reducir a las demás regiones o provincias a una especie de dependencia neocolonial. Así, Colombia, Venezuela y Ecuador se separaron con el objeto de proteger, entre otros elementos, sus propias y específicas economías.

    La política exterior de los países hispanoamericanos, en relación con las demás repúblicas del continente, no fue novedosa en los primeros años de vida nacional. Cuando los gobernantes se vieron amenazados por países no americanos pudieron olvidar momentáneamente la indiferencia, los recelos y rivalidades que existían entre los estados hispanoamericanos.

    En este sentido son relativamente numerosos los proyectos para convocar asambleas en momentos en que se veía amenazado alguno de estos países. En 1847, Ramón Castilla, presidente del Perú, promovió el desarrollo de una reunión en Lima con el fin de preservar la Independencia americana. El año anterior, Castilla había hecho preparativos para rechazar la expedición que en España e Irlanda se estaba organizando a instigación del ecuatoriano Juan José Flores. En ese Congreso de Lima se firmó un tratado de confederación entre Bolivia, Chile, Ecuador, Colombia y Perú.

    A casi todas las repúblicas llegaron europeos contratados para enseñar las ciencias modernas y dirigir algunas empresas. Muchas veces las instituciones en donde debían enseñar no pudieron sostenerse y fueron clausuradas. De todas maneras, su paso por Hispanoamérica proporcionó oportunidad a los republicanos de conocer otros métodos y nuevas posibilidades de estudio.

    En este sentido, en 1839 fue llamado al Ecuador Sebastián Wyse, autor de una Carta topográfica del país, así como de algunos tratados científicos. En 1845 llevó a cabo una expedición al interior del cráter del Pichincha en la que participó Gabriel García Moreno, quien con el tiempo sería una de las grandes figuras de la política ecuatoriana, ocupando en distintos momentos la Presidencia de la República.

 

    LA  CONSTRUCCIÓN  DEL  PAÍS.  En la segunda mitad del siglo XIX se advierten ciertos cambios en las sociedades hispanoamericanas que permiten distinguir una nueva etapa en su evolución histórica. En la primera mitad del siglo, los hispanoamericanos se enfrentaron al legado colonial español, lo estudiaron, lo combatieron, lo repudiaron y acabaron por reconocerlo en muchas de sus manifestaciones. A mediados de siglo, la vigencia de la vida colonial iba desapareciendo, pudiendo entonces los patriotas organizar, con menos bases, la sociedad, abordando problemas concretos.

    Las guerras de Independencia frenaron el progreso material colonial, debido sobre todo a la falta de liquidez y a la necesidad de dedicar los mayores esfuerzos a la reconstrucción económica de los países. Para desarrollar los nuevos programas de gobierno que tenían los hispanoamericanos hacían falta grandes cantidades de dinero.

    A raíz de la Independencia los territorios se encontraron con importantes carencias; sin embargo, y paralelamente, el miedo a una total dependencia de otros gobiernos extranjeros, a los que podrían haber recurrido, ralentizó sobremanera el proceso de renovación de todos sus territorios. Las condiciones en que podía llevarse a cabo el progreso material alarmaban a los hispanoamericanos, pues temían que la riqueza material cayera, como hemos dicho, en poder de intereses extranjeros.

    Apenas estaban tratando de arrancarla de manos españolas, que aún conservaban a nivel  individual y estatal importantes intereses en estos territorios, y ya era necesario protegerla de la codicia de otros extranjeros.

    Por ello, sólo se dedicaron a adquirir algunos bienes de consumo exportados por estos países, lo que a la larga fue totalmente perjudicial para sus industrias y manufacturas y, por ende, para sus economías.

    Esto motivó que durante varias décadas después de su constitución como estados soberanos, el aspecto de las ciudades hispanoamericanas no hubiera cambiado y hubo que empezar de nuevo, lentamente y en condiciones adversas. Las residencias construidas en los últimos años de la dominación española sirvieron a las repúblicas para alojar las oficinas de gobierno, ya que la pobreza de éstas no permitía considerar la construcción de nuevos edificios. A mediados de siglo, sin embargo, empieza la transformación que habría de ser notable en la segunda mitad del XIX.

    En parte, esta acometida de obras públicas vino provocada por la constatación de la insalubridad de las ciudades que provocó algunas grandes epidemias de fiebre amarilla, como la de 1842-1843 en Guayaquil, que obligaron a las autoridades a procurar el saneamiento de las ciudades y la construcción de hospitales modernos.

    Asimismo se crean, en las administraciones republicanas, las oficinas de obras públicas, a cuyo cargo quedó el planeamiento de la construcción de vías férreas y telegráficas. La geografía americana, mucho más abrupta que la europea, presentó serios problemas técnicos que los ingenieros constructores tuvieron que ir venciendo poco a poco, no siempre partiendo del deseo de beneficiar al país. Ejemplo de estas actividades en territorio ecuatoriano, que se sumó muy tardíamente al proceso de renovación, es el alumbrado de gas que se introdujo en Guayaquil en 1856.

    Por su parte, en el plano social se va produciendo poco a poco la renovación de las estructuras postuladas por los ideales independentistas. Los criollos ascienden hasta los puestos más altos del escalafón social, basado exclusivamente en el poderío económico; los mestizos y pardos, divididos por las grandes diferencias económicosociales entre los comerciantes y pequeños propietarios y los asalariados y otros grupos menos favorecidos, se fundieron en una variada gama de posibilidades sociales; y los indios, a los que se intentó desposeer de su identidad cultural para incorporarlos a la nueva sociedad como grupos desclasados, en un modelo productivo en manos de la oligarquía criolla.

    El proceso de integración de la población negra será el más comprometido dentro del fenómeno de reconversión social. La importancia económica que tenía la mano de obra tanto esclava como india provocó que la liberación de estos grupos se produjese mucho más tarde de lo que cabría esperar, con no pocos problemas y enfrentamientos.

    En el programa político del presidente José M.ª Urbina (1851-1856) estaba la manumisión de los esclavos y la derogación del tributo de los indios. La Asamblea Constituyente, convocada por Urbina en 1852, aprobó el decreto concerniente a la abolición de la esclavitud, destinando el Gobierno 400.000 pesos a la liberación de los esclavos. Urbina organizó su guardia personal con ellos y Juan Montalvo, notable pensador ecuatoriano los llamó «tauras», guardia de negros facinerosos.

 

    ASPECTOS  ECONÓMICOS  Y  SOCIALES. Las economías hispanoamericanas no reaccionaron inmediatamente a la emancipación. Las guerras de independencia destruyeron muchas vidas y propiedades, y el terror y la inseguridad provocaron, además, la huida de mano de obra y capital, lo que dificultaba organizar la recuperación y hacía aún más difícil diversificar la economía.

    Las economías nacionales se encontraban divididas desde un comienzo por rivalidades internas, por disputas entre el centro y las regiones, entre comercio libre y proteccionismo, entre agricultores que buscaban vías de exportación y los que apoyaban a la industria o la minería, entre los partidarios de los productos importados baratos y los defensores de la producción nacional.

    La disputa fue ganada por los que promovían la exportación de materias primas y la importación de artículos baratos, y los británicos estaban al acecho para aprovecharse de las ventajas derivadas de esta decisión.

    Como ya hemos apuntado, la apertura de Hispanoamérica al comercio internacional se ha considerado tradicionalmente como uno de los grandes logros de la independencia. La entrada de navíos, empresarios y bienes manufacturados extranjeros, junto con la exportación directa de productos de estancia y hacienda a los mercados mundiales fueron considerados como constitutivos de una nueva etapa en la historia de los países independientes. Sin embargo se ha puesto en duda esta apreciación, ya que el hecho de que el mercado y el comercio sudamericano fuesen de pequeñas dimensiones, limitando sobremanera las perspectivas de crecimiento, la facturación de productos lenta, las comunicaciones malas, las tarifas y comisiones altas, etc., hacían dudar a los comerciantes extranjeros antes de invertir capital en este comercio.

    La agricultura tropical vivía un momento menos boyante que en la fase anterior, y se enfrentaba también a la competencia internacional. A pesar de todo, encontró la forma de sobrevivir y crecer, sobre todo al ser un bien altamente propicio para la exportación, aunque no mostró señales significativas de crecimiento hasta bien avanzado el siglo.

    El cacao continuó siendo uno de los productos de exportación característicos de la Sudamérica tropical, aunque todavía de-pendiente del mercado español y, por tanto, con pocas posibilidades de experimentar un crecimiento espectacular. El Ecuador y Venezuela siguieron compitiendo en busca de consumidores, aunque en el caso de Venezuela el cacao sufrió un declive relativo entre los artículos exportados.

    Los dos grandes factores de cambio social a finales del s. XIX, el incremento de la producción orientada hacia la exportación y el crecimiento demográfico, no operaban todavía durante las primeras décadas que siguieron a la Independencia. La expansión del sector exportador fue relativamente modesta en este período, y las tendencias demográficas no eran aún lo suficientemente fuertes como para afectar a la estructura social.

    La mayor parte de Hispanoamérica experimentó una tendencia demográfica alcista tras la Independencia, si bien existían diferencias regionales no siempre fáciles de explicar. Las ciudades importantes, e incluso los puertos, tuvieron un crecimiento demográfico relativamente lento, quizás un nuevo signo de las consecuencias limitadas de la nueva relación entre Hispanoamérica y la economía mundial, aunque fue el sector urbano el que atrajo a los inmigrantes europeos más cultos y especializados, que se distinguían más por su talento que por su número.

 

    ASPECTOS POLÍTICOS. La militarización del poder sobrevivió a las guerras de independencia. En la mayoría de los países el ejército sobrevivió con sus numerosos oficiales, sus tropas  -muchas veces sin pagar- , y su fuero militar. Los políticos civiles tuvieron serios problemas para controlar a los militares o para sustituirlos por una milicia. Los militares se quejaban fuertemente de los políticos civiles y afirmaban que el ejército no estaba recibiendo las recompensas que se habían ganado durante la guerra.

    El objetivo básico de los políticos consistía en hacerse con el control del Estado y de la distribución de sus recursos. Los medios para alcanzar el poder eran las agrupaciones, o facciones, o partidos políticos. No se trataba de Partidos en el sentido actual, esto es: organizaciones que expresan programas específicos que pueden suscitar la adhesión de gran número de personas y enfocados a ganar unas elecciones. Sólo una minoría estaba involucrada activamente en la política, y la movilización no llegaba a toda la nación,   ni penetraba en todos los niveles de la sociedad.

    Generalizando, dos son las tendencias que encontramos en estos momentos, la conservadora por un lado y la liberal por el otro. Las diferencias ideológicas se han solido interpretar en términos de intereses de clase o de grupo. Estas alineaciones daban lugar a coaliciones de conservadores contra liberales. Sin embargo, dados los intereses de cada grupo económico y la superposición y multiplicidad que de estos intereses se solía producir, aparte de los alineamientos por motivo de conciencia sin contar con la clase o el status, que también los había, era normal encontrar, por ejemplo, comerciantes, terratenientes o profesionales liberales en casi cualquier grupo político.

    El objetivo básico de los liberales consistía en la reforma de las instituciones sociales, económicas y políticas, con el fin de establecer la libertad individual, protegerla con la igualdad legal y garantizarla con la supremacía del estado laico. La libertad individual implicaba también libertad de pensamiento, lo cual constituía normalmente un objetivo esencial del liberalismo en todos los países.

    En torno a 1830, el primer liberalismo dio paso a gobiernos conservadores, que detuvieron la reforma, pero que, al mismo tiempo, posibilitaron la existencia de condiciones relativamente estables, en un período de prosperidad moderada. En los años anteriores a 1850 comenzó una tercera fase, en la que las luchas políticas hicieron más nítida las divisiones y el conservadurismo se vio desafiado por un resurgimiento liberal.

 

    IGLESIA  E  INDEPENDENCIA.  La Independencia le supuso una tremenda conmoción a la Iglesia. Para muchos fue el fin de una época, el derrumbamiento de todo un mundo, el triunfo de la razón sobre la revelación. El orden colonial había descansado sobre la unidad del altar y el trono. Si se quebraba el poder de España, ¿podría entonces sobrevivir la Iglesia católica?

    Aunque muchos clérigos, quizás la mayoría, eran monárquicos, algunos eran republicanos, unos pocos insurgentes y la mayoría influyentes a la hora de incitar a las masas a que apoyaran el nuevo orden una vez conseguida la Independencia. La defensa del fuero eclesiástico situaba al clero del lado de los privilegiados, poniéndole en conflicto con los gobiernos liberales. Por otra parte, un cierto número de sacerdotes eran liberales, defensores tanto de la razón como de la reforma, y a menudo partidarios de una Iglesia racional que no estaba en armonía con la Iglesia universal.

    El Episcopado se identificaba con España y de hecho abandonó la Iglesia americana. Roma no les ofreció una guía clara y el papado, acosado por España y la Santa Alianza, se negaba a reconocer la Independencia americana. Fue un error político, fruto del juicio humano y no de la doctrina católica; pero fue un error costoso, y cuando lo irrevocable de la Independencia y la necesidad de llenar las sedes vacantes obligó al papado, a partir de 1835, a reconocer a los nuevos gobiernos; la Iglesia había sufrido ya mucho daño.

    En los años que siguieron a 1820, quedó claro que la Independencia había debilitado algunas de las estructuras básicas de la Iglesia. Muchos obispos habían abandonado sus diócesis y vuelto a España, permaneciendo vacías mientras Roma se negaba a reconocer a los nuevos regímenes, y los gobiernos liberales no estuvieron dispuestos a reconocer a candidatos que no fueran los propios. Por ejemplo, Cuenca estuvo sin un obispo residente durante cuarenta y un años.

    Los nuevos dirigentes hispanoamericanos, conservadores y liberales, aspiraban a apropiarse de los bienes e ingresos de la Iglesia, no necesariamente para reinvertirlos en prosperidad y desarrollo, sino como legítimos ingresos del Estado. A pesar de todo, la Iglesia sobrevivió, con su misión defendida aunque inactiva, con unos recursos reales pero disminuidos y con unos cargos intactos, a menudo sin ocupar.

    A pesar de esta estructura defectuosa, la Iglesia era esencialmente una institución popular y seguía siendo utilizada por las masas. La religión hispanoamericana era una religión del pueblo, y la Iglesia continuó recibiendo la adhesión y el respeto de los indios, los mestizos y otros sectores populares.

    A ojos de los liberales, la Iglesia, con sus amplios recursos, era considerada rival del Estado, ya que le conferían un importante poder político, retardando el progreso de la economía y obstaculizando el cambio social. De esta manera la Iglesia poscolonial tuvo que enfrentarse a una hostilidad procedente de grupos específicos que nunca había experimentado.

    No todos los liberales compartían estas convicciones y algunos tan sólo pretendían reformar el Estado, estableciendo el gobierno de la ley para todos, y modernizar la economía, lo que no era necesariamente una amenaza para la religión. Los liberales más radicales iban más allá de un intento de establecer la autonomía adecuada del Estado: defendían un ataque en toda regla contra la Iglesia, contra sus propiedades, privilegios e instituciones, con la creencia de que sin la destrucción del poder eclesiástico y la desaparición del dogma que lo acompañaba, un cambio fundamental sería imposible. Había nacido el anticlericalismo.

    Los miembros del clero se aliaban con los conservadores civiles en la creencia de que la Iglesia precisaba una defensa política. A su vez, la ideología dominante en el conservadurismo era el catolicismo, una creencia por la que la supuesta irracionalidad humana creaba la necesidad de un gobierno fuerte apoyado y sancionado por la Iglesia.

    El conflicto entre la Iglesia y el Estado acabó por llevar a aquella a la pérdida de su poder temporal y de sus privilegios, lo que supuso un triunfo del estado laico, sólo truncado por la irrupción de un poder no constitucional-militar de corte ultraconservador. El ritmo del cambio así como su alcance, diferían según el país de que se tratase.

 

 

EL NUEVO ESTADO DEL SIGLO XIX

 

    GENERALIDADES. Al igual que Venezuela, el Ecuador buscó su identidad nacional fuera de la Gran Colombia. La experiencia política del país fue menos violenta que la venezolana, y su estructura social más convencional, dividida como estaba entre una elite blanca, un sector mestizo móvil y una amplia base india con focos localizados de población negra.

    El Ecuador tenía también sus propios agravios contra el modelo político boliviano. La política económica liberal de Colombia no proporcionaba suficiente protección a la industria ecuatoriana, ya dañada por la política de los Borbones, la guerra y las rutas de exportación cortadas.

    El país había sufrido también por el reclutamiento militar exhaustivo y la exacción de préstamos y suministros forzosos. Ecuador sostuvo una parte sustancial del esfuerzo final en la guerra de Perú, y Bolívar exprimió la economía ecuatoriana hasta agotarla para pagar el ejército colombiano. Las grandes fincas agrícolas rendían poco más que una producción de subsistencia y el único producto con una salida comercial era el cacao, junto con una cierta actividad de los astilleros de Guayaquil, que construían y reparaban los buques.

    Todos estos problemas fueron olvidados por el régimen de Santander en la Gran Colombia. Bogotá no le ofrecía ni exenciones fiscales, ni protección, ni subsidios a Ecuador. Y su liberalismo provocó el conservadurismo latente de la clase dirigente ecuatoriana, una de cuyas exigencias consistía en el mantenimiento del tributo indio y la esclavitud negra.

    Los ecuatorianos estaban infrarrepresentados en el gobierno central y en sus cargos administrativos, y en su tierra tenían la impresión de estar siendo colonizados por nuevos imperialistas, ya que los liberales extranjeros permanecían allí prácticamente como si de un ejército de ocupación se tratara y las instituciones civiles y militares ecuatorianas estaban integradas por soldados y burócratas procedentes de otras partes de la Gran Colombia.

    Cuando Bolívar se encaminó al Sur, para dirigir personalmente la guerra de Perú no dudó en convocar una junta consultiva que propusiera reformas diseñadas para superar las necesidades de los Departamentos del Sur (Ecuador), y publicar una serie de decretos que establecían en estos territorios medidas administrativas y fiscales no aplicables al resto de la unión. Bolívar se mostró de acuerdo en prohibir la importación al Ecuador de una serie de productos textiles específicos que entraban en competencia con los suyos; pero incluso su política fue incapaz de mantener al país en la unión y, el 13 de mayo de 1830 de la mano de Juan José Flores, se separó del sueño bolivariano.

    La secesión no acabó automáticamente con los problemas del Ecuador. El régimen de Flores, que era venezolano, se apoyaba en el ejército, y éste seguía dominado por los libertadores venezolanos. El régimen representaba además la hegemonía de Quito y la sierra, todavía inmersos en un estancamiento económico, pero monopolizando la administración.

    Ambas situaciones provocaron una creciente oposición en el país. Por un lado la presencia de los pardos venezolanos, a los que además había que pagar, y por otro la oposición de Guayaquil hacia el Quito caduco, ya que ella podía trazar una política comercial más dinámica.

    La consolidación como terratenientes de los altos oficiales venezolanos que habían desarrollado una buena política de alianzas matrimoniales, y de los que su máximo exponente era el propio Juan José Flores «un soldado basto e inculto», les aseguró una posición privilegiada, pese a la oposición de los costeños, sobre todo del Sur, liderados por Vicente Rocafuerte desde Guayaquil, un hombre muy diferente de Flores, un liberal distinguido que se había labrado una carrera periodística y política en México.

    La prensa se muestra como otro importante grupo de oposición al floreanismo. A través del periódico El Quiteño Libre se denunciaban los excesos del régimen dictatorial, convirtiéndose en uno de los elementos más combativos contra las actuaciones del general Flores. Por este motivo, y en un intento de acallar la libertad de prensa e información, son asesinados los redactores del periódico, supuestamente por orden gubernativa.

    Al producirse la emancipación del Ecuador, los territorios de Pasto, Buenaventura y Popayán, que anteriormente estaban integrados en la Audiencia de Quito, se adhieren voluntariamente al nuevo país. Colombia, sintiéndose perjudicada, le declara la guerra, de cuyas resultas se reduce la frontera Norte hasta el río Carchi.

    Como la Constitución de 1830 prohibía la reelección de un presidente sin un intervalo de dos mandatos, ambos contendientes llegaron a una entente por la cual se alternarían en la presidencia. Los seguidores de Flores, temiendo la pérdida de sus parcelas de poder, pusieron en marcha una rebelión para bloquear a Rocafuerte. Esta revuelta fue sangrientamente reprimida en Miñarica, y Rocafuerte se convirtió en el segundo presidente del Ecuador.

    Como a ninguno le convenía la ruptura, el experimento funcionó mientras no se tocaron los intereses de los terratenientes, especialmente los de la Iglesia, la mayor propietaria de tierras y que seguía siendo uno de los centros de poder más poderosos.

    Hasta 1845 Flores jugó un papel destacado ya que cuando no fue presidente ostentó el cargo de jefe del ejército. Sin embargo en esta fecha, tras modificar la Constitución, extiende el mandato presidencial a ocho años.

    La Guayaquil liberal se alzó en una rebelión que se extendió por la sierra. En estos momentos entra en la vida pública Gabriel García Moreno, que con su periódico «El Zurriago» se convierte en un implacable detractor del régimen. Tres meses después del decretazo constitucional, el general Flores negoció con sus enemigos los términos de un exilio en Europa con títulos, honores y una pensión. Sin embargo, Flores no ha dicho su última palabra y negocia con España el envío de una fuerza expedicionaria para reconquistar el territorio y subyugarlo bajo la corona de la reina María Cristina, aunque no logra sus propósitos.

    La revolución de 1845 no sólo significa para Ecuador un paso decidido hacia el civilismo, sino que también pone fin a una etapa de predominio de los militares surgidos de las guerras de independencia, aunque no implica, pese a todo, la desaparición de la presencia militar en el gobierno.

    Como los costeños no querían volver a depender de Lima, ni los militares venezolanos querían verse controlados por Colombia, la nueva alianza se puso bajo la hegemonía de la costa, que impuso su dinamismo. Bajo su control se inició un superficial proceso modernizador, que afectó especialmente a la región costeña.

    La integración del Estado ecuatoriano tuvo un poderoso obstáculo: el predominio de la población indígena en la sierra, que se mantenía al margen de la vida política nacional. A fin de evitar una rebelión indígena, se dictaron leyes protectoras entre 1835 y 1847 que ilegalizaban los servicios personales obligatorios y prohibían el reclutamiento militar de los indios, aunque el pago de tributos siguió vigente hasta el año 1857.

    La expansión del comercio exterior y el aumento de entradas por aranceles aduaneros permitió al gobierno abolir este tributo. Sin embargo fue un arma de doble filo para las comunidades indias, pues el pago del tributo vinculaba, tradicional aunque informalmente, a una actuación recíproca por parte del Estado que garantizaría las tierras comunitarias indias. En el Ecuador, al igual que en otros países andinos, las tierras comunitarias fueron una de las víctimas de la legislación liberal del siglo XIX, y además otro indicador de las ambiguas consecuencias de la actuación liberal en las sociedades iberoamericanas.

    El inicio de la segunda mitad del siglo XIX marcó la búsqueda de nuevas oportunidades exportadoras, aprovechando las ventajas comparativas existentes.

    Este proceso se vio retrasado en el Ecuador debido al clima de incertidumbre provocado por la sucesión de asonadas y cuartelazos, no dándose las condiciones adecuadas para el proceso modernizador hasta la llegada al poder de Gabriel García Moreno.

    El este primer momento de inseguridades es de destacar el impulso reformista liberal de José M.ª Urbina. Sin embargo, poco después la conflictividad política, agudizada por la invasión peruana y por la presión conservadora, deteriora el gobierno de los liberales y prepara el camino para la llegada de una de las figuras más controvertidas de la historia ecuatoriana, el ultraconservador y católico Gabriel García Moreno.

    Uno de los frentes de acción de éste fue el desarrollo de las obras públicas y la modernización de las comunicaciones, destacando la construcción de una carretera que unía Quito con Guayaquil, y el sustentar la economía del cacao, producción emblemática del comercio exterior ecuatoriano.

 

    LA  MODERNIZACIÓN. El fenómeno de «modernización» tuvo lugar en diferentes países y en diversas épocas, afectando más a regiones o subregiones específicas que a países enteros. Sus resultados, por esta razón, sirvieron frecuentemente para acentuar o exagerar las diferencias entre los países del continente y las regiones dentro de ellos, poniendo aún más de relieve el relativo retraso de regiones ya atrasadas.

    Además, algunos cambios que en esa época se consideraban aspectos de modernización, y que aún hoy parecen aceptables como tales, trajeron consecuencias que perjudicaron a muchos grupos de la sociedad, de quienes el campesinado de origen indígena fue el ejemplo sobresaliente, deprimiendo su posición cultural, social y material en comparación con la que habían disfrutado anteriormente.

    Consideramos que la modernización significó esencialmente la mejora de la infraestructura  -instalaciones portuarias, telégrafos, líneas ferroviarias, caminos, complejos agroindustriales para instalar la fabricación y exportación, y por supuesto, la infraestructura de los bancos modernos- .

    Se puede apreciar que la modernización en el período 1875-1900 tendió a reforzar la posición económica, social y política de los grupos ya predominantes y a incorporar a sus filas nuevos grupos en proceso de ascenso, generalmente por medio de las reformas liberales de mediados del s. XIX.

    La modernización estuvo orientada primordialmente a cubrir las necesidades del sector agroexportador y no a la mejora de la productividad y la producción de alimentos para el consumo de la mayoría de la población, a pesar de que esta estaba nuevamente en período de crecimiento. Al contrario, el capital fue desviado, en ciertos casos, del sector alimenticio a los sectores que ofrecían mayores beneficios.

    ¿Hasta qué punto las políticas adoptadas o adquiridas a lo largo del XIX explican el origen de problemas contemporáneos, como la acelerada industrialización siguiendo el modelo norteamericano y europeo occidental, la urbanización incontrolable y el general descuido de la producción doméstica de alimentos?

    En muchos aspectos, las relaciones económicas de Iberoamérica con el mercado internacional no cambiaron radicalmente con la independencia política. Efectivamente, el punto de partida se dio durante la segunda mitad del siglo XIX, y más precisamente entre 1875 y 1900. El crecimiento de la actividad económica en los países industrializados del Noroeste de Europa y de Norteamérica explica, en gran parte, este cambio. Esto llevó a acelerar la demanda externa de productos primarios y, en consecuencia, a estimular la modernización de la infraestructura básica de comunicaciones y transportes.

    Con la ausencia, o escasa presencia, de capital nacional para invertir en los países iberoamericanos, el nuevo incremento de la demanda de produtos agrícolas y materias primas estimuló la participación de capital británico, francés y estadounidense, para construir ferrocarriles e instalaciones portuarias que facilitasen la exportación. Anteriormente la falta de infraestructura limitó en gran medida las relaciones entre los países americanos y el exterior.

 

    EL  CASO  ECUATORIANO.  Hasta la gran expansión del cacao de Guayaquil, durante la década de 1870, el Ecuador no había participado de una manera significativa en el comercio mundial. Ciertamente, la importancia del territorio bajo la jurisdicción de la Audiencia de Quito había sido indudable en el período colonial debido tanto a la producción y explotación de cacao (bajo el control de Guayaquil), como a la producción y comercialización de tejidos de lana y algodón (salidos de los obrajes quiteños), destinados en ambos casos a otras regiones de América del Sur. Sin embargo, la demanda internacional de sus productos no creció hasta el último cuarto del siglo XIX.

    El auge del cacao facilitaba la predominancia de la elite comercial de Guayaquil en la política del país a partir de 1896. Las exportaciones de cacao aumentaron de 5.540 Tm en 1838-1840, hasta las 11.194 Tm durante la década de 1870, suponiendo ya un 60 por 100 del total de las exportaciones, y luego hasta un promedio anual de 40.000 Tm entre 1910 y 1924.

    Hacia 1910 la población de Guayaquil, con algo más de 60.000 habitantes, había superado a la de Quito. En esta época la economía ecuatoriana se basaba en su totalidad en la exportación del cacao, que era, aproximadamente, tres cuartas partes del total de exportaciones del país.

    Un problema básico para el desarrollo industrial, y que afectaba por igual a todos los países iberoamericanos, seguía siendo la falta de acumulación de capital y la ausencia de experiencia tecnológica. Sin embargo, la expansión del comercio exterior contribuyó a la inversión de capital comercial en industrias nacionales, generalmente por los mismos importadores de manufacturas extranjeras, conocedores del potencial del mercado interno.

    La reorientación económica de estos países, entre 1875 y 1900, supuso cambios significativos en la estructura social. Los dos aspectos más marcados fueron la concentración de la propiedad en pocas manos y el impacto de la inmigración europea.

 

    ESTRUCTURA  SOCIAL  ECUATORIANA. El Ecuador moderno tiene su origen socioestructural en los enfrentamientos de liberales y conservadores, de costeños de Guayaquil y serranos de Quito.

    Es difícil estimar la población del país, pero se puede señalar que en 1822 había algo menos de 950.000 habitantes, que aumentaron a 1.150.000 en 1905, y que en 1920 estarían sobre 1.500.000. Las dos mayores ciudades del país, Quito y Guayaquil, apenas alcanzaban los 120.000 habitantes en 1930, aunque ya desde fechas anteriores Guayaquil presentaba una mayor población que la capital.

    Resulta curioso constatar, no obstante, cómo la sierra va a concentrar en torno al 80 por 100 de la población ecuatoriana, ya desde los primeros años de vida independiente del país, mientras que será la costa la que presentará siempre un desarrollo más considerable.

    Todo lo aquí expuesto viene a definir el secular antagonismo entre ambos polos de atracción: agrícola-exportadora la costa, favorecida por el libre comercio, frente a una sierra encerrada en sí misma, agrícola-subsistente, cerealista y textil.

    Ya en los años 40 del siglo pasado la economía agroexportadora de la costa va a cobrar impulso, consolidándose definitivamente con el auge del cacao, desde la década de los 70.

    Sin una mano de obra indígena abundante, susceptible de ser sometida a condiciones serviles o cuasi serviles, la oligarquía agroexportadora de la costa irá rápidamente hacia una economía asalariada, atrayendo mano de obra de la sierra y sentando los pilares para el crecimiento urbano. Esta forma de desarrollo económico, ligada a las plantaciones, dará también origen a una burguesía financiera y comercial y, junto a los trabajadores agrícolas, a un incipiente proletariado urbano, o subproletariado, ligado a las actividades de servicios, portuarios fundamentalmente, de Guayaquil. Sin embargo, la burguesía mercantil de la costa no logró integrar a los campesinos serranos en asalariados incorporados al mercado.

    En cualquier caso, la fracción costeña de la burguesía ecuatoriana no conseguirá modificar la conformación que presentaba la estructura social del país, arraigada desde tiempos de la Colonia, aunque con ligeros matices. Conformación que incluso no se modificará con la «Revolución Liberal» (1895) y los gobiernos siguientes, aunque éstos implicaban el control del Estado por su parte. Esto es lógico si se tiene en cuenta que la diferencia de intereses entre conservadores y liberales, latifundistas serranos y comerciantes sudcosteños, se dirimía en torno al problema religioso y de las libertades formales más que en relación con la propiedad de la tierra y las estructuras latifundistas.

    La oligarquía serrana fue desplazada del poder formal, sin destruirse su base social de poder, aunque haya sido parcialmente afectado el latifundio de una Iglesia aliada del conservadurismo serrano (Ley de manos muertas).

 

    EL  ECUADOR  ENTRE  LOS  SIGLOS  XIX  Y  XX.  Hacia finales del s. XIX, Ecuador era todavía un país que giraba en torno al mundo señorial que representaba la hacienda.

Terratenientes e Iglesia, esta última consolidada como en ningún otro lugar de Iberoamérica gracias al gobierno de Gabriel García Moreno al cual también ella prestó un gran apoyo, eran el centro del poderío económico del país.

    La revolución liberal de Eloy Alfaro (1895) demostró que el antagonismo entre los intereses del latifundio serrano y el comercio costeño se había agudizado.

    Si es cierto que las facciones conservadora y liberal dirimían diferencias ideológicas, defendiendo la primera la vigencia del estado confesional, el predominio del presidente y unas libertades restringidas, en tanto que la segunda pretendía instaurar el estado laico, un mayor peso del poder legislativo y el desarrollo de las libertades fundamentales, también debe anotarse que Alfaro, pese a su radicalismo, no afectará la estructura económica del latifundio. El orden liberal oligárquico hará realidad una serie de propuestas electorales, pero representaba a la oligarquía de plantadores de la costa, y eludirá toda medida social no consentida por este núcleo.

    El cambio de siglo, con los gobiernos del propio Alfaro y de Leónidas Plaza, revelan una política liberal avanzada, que impone su programa pese a la inevitable resistencia conservadora. La implantación del estado laico sella la ruptura con el Ecuador de García Moreno. El Parlamento se hace fuerte, se promociona la agricultura y la industria, y se intenta unificar la sierra y la costa, socavando el poder de los caudillos regionales mediante la construcción del ferrocarril Quito - Guayaquil.

 

 

HISPANOAMÉRICA EN EL SIGLO XX

 

    GENERALIDADES. Al llegar el siglo XX, Iberoamérica se abrió a todas las influencias políticas, sociales, económicas y culturales, creyendo que así lograría un mejor desarrollo de todos sus campos. Décadas después pudo exhibir con orgullo su papel de crisol de las corrientes foráneas y ofrecer su universalidad como exponente de lo iberoamericano.

    Lentamente, en medio de mil dificultades, ha ido configurando su propio modo de ser, que se perfila ya con nitidez al término del siglo XX. Si el anterior siglo terminó bajo el signo del progreso, éste que ahora concluye viene marcado por el de la identidad.

    El carácter peculiar de las relaciones interamericanas es, sin duda alguna, uno de los factores externos más importantes que han determinado, tanto en el pasado como en el presente, el proceso histórico de los estados iberoamericanos en el siglo XX. En dichas relaciones se pone de manifiesto, de una parte, la hegemonía de los Estados Unidos, y de otra, la vigencia de conceptos de carácter positivo como los de colaboración, vecindad y panamericanismo.

 

    NACIÓN  E  IDENTIDAD. El nacionalismo iberoamericano se presenta, esencialmente, asociado al proceso de formación del Estado liberal moderno, al proceso de transición a una sociedad industrial moderna e, incluso, al proceso de expansión colonial y al imperialismo moderno. Temporalmente abarca un período muy vasto, que se extiende desde la segunda mitad del siglo XIX hasta muy entrado nuestro siglo, cuando comienza a delinearse el Estado, conformándose gracias al amplio cúmulo de precedentes intelectuales de la Europa del XIX-XX y de su propia experiencia nacional.

    La novedad del nacionalismo iberoamericano no radica en la creación de una cultura superior, sino más bien en la capacidad de adecuar la cultura superior propuesta por el contexto internacional a las necesidades específicas de cada país del área. A diferencia del nacionalismo europeo, el iberoamericano se caracteriza por su marcado carácter defensivo «anti-imperialista».

    A comienzos de 1970 los elementos constitutivos del nacionalismo, que a lo largo del período 1948-1970 habían permitido la evolución económica, social y política de Iberoamérica, conocen un progresivo declive. Si bien los primeros signos de la crisis del nacionalismo se notan ya en los últimos años del decenio de 1960, es en el curso del decenio siguiente donde empieza a ser sometido a un serio proceso de revisión crítica, no sólo por la elite intelectual, sino también por la clase política, con el resultado de que su crisis termina por ser percibida por todas las fuerzas sociales.

    El nacionalismo pudo funcionar en el decenio 1950-1960 gracias a que el Estado actuaba como árbitro, regulando, por una parte, el proceso redistributivo con los recursos de que dispone y, por otra parte, el proceso político en cuanto a entidad superior a las partes, y representante, por tanto, de la nación.

 

    LAS  RELACIONES  NORTE - SUR. Las palabras premonitorias de Simón Bolívar, escritas en 1829, jamás tuvieron mayor actualidad en Iberoamérica que después de 1945: «Estados Unidos está destinado por la providencia a traer la miseria a América en nombre de la Libertad».

    Los Estados Unidos de Norteamérica rechazaron el colonialismo y ejercieron una crítica constante contra el imperialismo de las potencias europeas, pero al mismo tiempo practicaron, sobre todo desde finales del siglo XIX, una política expansionista que convirtió a los estados iberoamericanos en el campo de acción de los intereses económicos y políticos estadounidenses.

    Una idea generalizada entre los políticos norteamericanos de comienzos del siglo XX, e incluso hoy puesta en práctica, era que el progreso material de su país sería ilimitado y duradero, siempre y cuando consiguiesen abrir mercados en el exterior, que deberían ser protegidos mediante métodos imperialistas.

    Cuando en octubre de 1899, tras un largo período de preparación, se celebró en Washington la Primera Conferencia Panamericana, no podía existir duda alguna sobre los grandes objetivos e intereses económicos de los Estados Unidos. De hecho, en marzo de ese mismo año se había creado, como instrumento de apoyo a la diplomacia oficial, una institución a la que se dio el nombre de Unión Comercial Latinoamericana, cuyo fin era el fomento de las exportaciones norteamericanas a Iberoamérica.

    De la Séptima Conferencia Interamericana (Montevideo, 1933) partió la recomendación de disminuir los aranceles aduaneros existentes mediante la concertación de tratados comerciales de carácter bilateral y multilateral. De esta forma los Estados Unidos, con el fin de lograr la apertura de los diferentes mercados, se vieron obligados a negociar acuerdos por separado con cada uno de los países iberoamericanos. Con ello, el comercio exterior de cada uno de los países que firmaron acuerdos con el gigante del Norte experimentó un aumento como consecuencia de la disminución de los aranceles aplicados a los productos agrícolas. Las concesiones norteamericanas en materia de aranceles afectaron, sobre todo, a aquellos productos agrícolas que no competían con los de su país, como  los productos tropicales.

    Aquí el Ecuador podía haber tenido un importante mercado ya que contaba con la infraestructura y la tradición de producción de este tipo de cultígenos; sin embargo, la relación tan «directa» que los Estados Unidos mantenían con Cuba, relegó esta posibilidad de apertura de su sector agrícola. No será sino hasta el mes de agosto de 1938, con la firma del tratado bilateral, cuando este sector sufra una importante revitalización.

    La política norteamericana hacia Iberoamérica se vio incrementada durante la Segunda Guerra Mundial a través del Export-Import Bank, que aumentó su línea de créditos. La razón estribaba en que la guerra provocó un aumento de los intereses estadounidenses en todo el área, por lo que era lógico que se esforzasen en ayudar a los Estados iberoamericanos en el descubrimiento y explotación de sus recursos, especialmente de las materias primas de interés militar.

    En 1945, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos habían alcanzado una nueva posición en el mundo, pasando a ser la primera potencia de Occidente. Los Estados iberoamericanos se vieron implicados, a través de sus acuerdos e imposiciones políticas, en este papel de «defensa de las libertades» y en el capitalismo que había asumido el «gran coloso».

    Se puede decir que casi toda Iberoamérica ha sufrido, de una manera o de otra, la ingerencia de su poderoso vecino del Norte. Dicho control puede adoptar diversas formas, que van desde el protectorado hasta el ejercicio de políticas desestabilizadoras de carácter social, financiero o económico.

 

    EL  PROCESO  ECONÓMICO.  Uno de los rasgos más característicos de Iberoamérica a partir de 1945 es, sin lugar a dudas, el rápido crecimiento de su población, pasando de ser un subcontinente relativamente despoblado, a contar, a mediados de 1970, con una riqueza demográfica exuberante.

El sector menos dinámico de la economía hispanoamericana es el agrícola. Sobre él repercuten, con mayor fuerza, los efectos del progresivo retraimiento de la inversión, iniciado en el decenio de 1920, y cuyo fin fue financiar el sector industrial e iniciar el proceso de diversificación económica por parte de la oligarquía.

    El paisaje agrario se sigue caracterizando por la presencia de la gran propiedad que controla la mayor parte de la tierra disponible. Por ejemplo, en 1960 la gran propiedad cubre el 45 por 100 del territorio ecuatoriano, encontrándose estas tierras en manos de unas 2.000 familias. En el polo opuesto encontramos a los pequeños productores y campesinos sin tierra, que representan el 86 por 100 de la población rural del Ecuador.

    El Ecuador presenta en el siglo XX, al igual que otros países andinos, como Bolivia y Perú, un crecimiento demográfico más intenso que el resto de los países del área, siendo la baja emigración y el mantenimiento de las estructuras económicas tradicionales una de las causas más importantes.

    La existencia del latifundio en forma de grandes plantaciones provocó un nulo estímulo para el crecimiento económico, observándose este fenómeno en gran parte de los países del ámbito, aunque con características específicas en cada uno de ellos. Entre los países con un similar tipo de explotación latifundista encontramosa Ecuador, Perú, Colombia y Venezuela.

    Parte de la culpa de esta situación está en el incremento de zonas de cultivos de cacao, caña de azúcar y algodón, altamente productivo y con un amplio mercado internacional. Por ejemplo, el cacao es un componente de importancia en la balanza exportadora de Brasil y El Ecuador. Las plantaciones extendidas sobre las regiones costeras de ambos países mantienen una producción importante hasta la década de los años 20, cuando la competencia de otras áreas mundiales, especialmente la de los países africanos, se hace sentir.

    Por su parte el minifundio, si bien por lo general señala la existencia de un pequeño propietario independiente, excede pocas veces la parcela de tierra que cubre la subsistencia de una familia. En definitiva, es complementario y rara vez sustitutivo del latifundio en la estructura económico-social de las áreas rurales iberoamericanas.

    Un tipo de relación frecuente entre latifundio y minifundio pasa por la cesión por parte del latifundista de lotes de tierras a trabajadores y aparceros, a cambio de una relación laboral, con frecuencia al servicio de la misma hacienda. «Huasipunguero» o «arrimado» son designaciones comunes en el Ecuador para los trabajadores cuya relación laboral con su patrón pasa por la situación arriba descrita.

    Entre 1960 y 1964 once países iberoamericanos, entre los que se encuentra Ecuador, aprueban con carácter de urgencia la legislación sobre la reforma agraria. Estas, más que un efecto imitativo o una aceptación espontánea por parte de los latifundistas de un reequilibrio global de la estructura agraria, son el resultado de la Alianza para el Progreso implementada por el gobierno de los Estados Unidos, en 1962, con el fin de evitar que otros países siguieran el ejemplo cubano.

    La industria se desarrolla, en el curso de los decenios de 1930 y 1940, como un sector productivo alternativo al tradicional de la exportación. Expansión de las exportaciones y proteccionismo estatal, constituyen los dos principales mecanismos que garantizaron antes y después de 1948-1950 el crecimiento de la producción.

    Durante el período 1945-1955 el producto industrial iberoamericano se multiplica por dos. Esta evolución contrasta con el decenio siguiente (1955-1965), durante el cual este producto crece muy lentamente y no se registra, por tanto, una nueva duplicación de la producción industrial. Asimismo, en este período se asiste a una progresiva diversificación entre las diferentes economías de Iberoamérica porque, mientras algunos como Ecuador, México, Perú y Venezuela van casi a doblar su producción industrial, otros como Argentina, Chile y Uruguay van a quedar estancados.

    Hacia finales de los años 60, la industria de Estado tiene un papel decisivo en el crecimiento del sector. La participación oficial, muchas veces como socio minoritario, en una serie de empresas, le hace tomar parte activamente en el desarrollo de éstas. Es el caso de la producción de cementos, bebidas alcohólicas y quesos en el Ecuador, aparte de los intereses que tiene en las industrias pesadas, y en el sector petrolífero y de derivados.

    La evolución de la industria estatal no es muy diferente de la sufrida por la privada que, como hemos dicho, dependía para su crecimiento de la oligarquía y sus posibilidades de inversión, directa o indirectamente, de una parte de la renta agraria.

   Por su parte, el desarrollo del sector agrícola, por lo que respecta a los bienes mayoritariamente demandados por el mercado internacional, no es idéntica a la de otros sectores productivos. Un crecimiento rápido se da en los productos tropicales, que interesan sobremanera, entre otros, a la economía ecuatoriana. El volumen de producción de estos bienes aumentó alrededor del 50 por 100 entre 1945-1955, y alrededor del 40 por 100 entre 1955-1965. En este crecimiento incidieron más algunos productos como los bananos y plátanos y el azúcar, que otros como el cacao.

    Entre 1955 y 1960, El Ecuador ha aumentado sustancialmente, por encima de la media iberoamericana, el volumen de sus exportaciones, cifrado en un 29 por 100, alcanzando cotas en torno al 50 por 100.

 
EL ECUADOR EN EL SIGLO XX

 

    GENERALIDADES. El liberalismo marca los inicios del presente siglo en el territorio ecuatoriano. Eloy Alfaro, que había accedido al poder en 1895, marcará la línea a seguir por los grupos liberales ante el conservadurismo, cuya máxima expresión había estado en la política de García Moreno.

    En este período se anula la censura sobre la prensa, se seculariza la educación, se instituye el matrimonio civil y el divorcio, así como el registro civil de nacimientos y defunciones; en definitiva, la Iglesia pierde su poder hegemónico y se instaura el Estado laico, legitimado por la Constitución de 1906.

    En un intento de acercar la sierra y la costa, antagónicos en pujanza e ideas, se construye la línea férrea Quito-Guayaquil, inaugurado en 1908, aunque no se consiguen los objetivos socio-políticos previstos.

    En 1911 el ejército se levanta contra Alfaro, quien se exilia en Europa, aunque volverá en 1912 a su país, para morir asesinado en las calles de Quito durante una asonada.

Los datos de población nos hablan de un Ecuador con un reducido desarrollo urbano para el primer tercio del siglo. En 1930 se estimaba en 2.000.000 de habitantes, de los cuales Quito y Guayaquil albergan no más de 120.000 personas cada una, persistiendo esta característica hasta los años 70.

    La economía continúa girando en torno al cacao como mayor producto de demanda hasta aproximadamente 1920, concentrando a los trabajadores en las plantaciones de la costa y en las haciendas ganaderas de la sierra, en tanto un reducido número de obreros era empleado por la naciente industria, el puerto, o el ferrocarril. La prosperidad generada por los precios internacionales comenzó a declinar durante la I Guerra Mundial, aunque las señales de esta crisis se empezaron a vivir desde algunos años antes.

    Las relaciones de trabajo entre los terratenientes y los trabajadores se basaba en el peonaje, lo que permitía un máximo de explotación. Sin embargo, en los años 20 crecerán las demandas sociales del sector obrero y el trabajador rural, y las huelgas serán más frecuentes. Ante la intensidad de las protestas en Guayaquil, en noviembre de 1922, el ejército fue lanzado a una sangrienta represión, una acción que se repetirá un año después contra el campesinado indígena en varias regiones.

    La oligarquía liberal sufrió un duro revés en julio de 1925, con el derrocamiento del presidente Gonzalo Córdova por un grupo de jóvenes militares. La «revolución juliana», como se denominó al movimiento, se presentaba en nombre de las nacientes clases medias, las reivindicaciones obreras y los trabajadores indios. Pese a esto, los poderes fácticos lograron limar los elementos más radicales de los planteamientos «julianos».

    En definitiva, la clase alta tradicional y la burguesía financiera no sufrirían demasiados quebrantos por el proceso, puesto que no serían modificadas las bases de su poder económico.

    Los decretos de mayor importancia fueron la creación del Banco Central del Ecuador, y un progreso en la legislación social, por la creación del Ministerio de Previsión Social y trabajo, las leyes sobre jubilación, duración de la jornada laboral, accidentes de trabajo, empleo de mujeres y menores y la función social de la propiedad.

    El mandato presidencial fue confiado por los militares a un civil, Isidro Ayora, en 1926. Esta revolución, que daría en 1929 pie a una nueva Constitución, había transcurrido en una etapa de bonanza económica que acabaría en 1930.

    La crisis de 1929-1930 operó en gran medida sobre la estructura social ecuatoriana, como lo había hecho la crisis de inicios de 1920. Afectará en primer lugar a la burguesía de la costa, y en menor medida a la oligarquía de la sierra, donde incluso favorecerá las manufacturas textiles.

    Los sectores medios, tanto de independientes como de personas ligadas a la Administración Pública, estarán entre los más afectados, cayendo en estos momentos el poder de unos sectores que iban experimentando cierto crecimiento. El campesinado correrá igual suerte que en los años 20, incentivándose las migraciones hacia Quito, y en mayor medida hacia Guayaquil, lo que creará un grave problema ya que ninguna de estas ciudades estaba preparada para absorber estos contingentes de inmigrantes.

    Esto provocará el surgimiento de un subproletariado y un crecimiento del ya alto sector marginal, representando, si aceptamos que buena parte de aquellos se engloban bajo el indicador de vendedores y trabajadores domésticos, un 30 ó 40 por 100 de la población urbana, aún hasta nuestros días.

    A fines de los años 40 se inicia en el Ecuador la gran expansión en la producción del banano (1948-1952). Con ello se inicia la ocupación territorial de la fértil zona interior de la costa mientras que, por primera vez, aparecerán las capas medias con un interés propio ligado a la explotación de este producto en pequeñas propiedades, entre las 15 y las 100 hectáreas de extensión.

    Estos grupos no darán paso, como hasta ahora había venido sucediendo, a un nuevo grupo de poder, y en los años 1955-1960 se terminarán proletarizando ante el deterioro del sector y el avance de una tímida revolución verde, con incorporación de técnicas más avanzadas, nuevos cultivos mejorados, más capital, etc., que impondrá el cultivo en grandes propiedades.

    Todo ello, sumado a la introducción de otros cultivos y el desarrollo de la ganadería, sobre todo en la Sierra y en el Oriente, así como a la Ley de Reforma Agraria (1964), que abolirá la base jurídica del huasipungo, implicará la crisis en una estructura de poder basada en la hacienda y la desaparición del concertaje.

    En cualquier caso, la Reforma no afectó al binomio latifundio-minifundio, ya que mientras los primeros se mantuvieron, los segundos sufrieron una mayor atomización, con la consecuente inviabilidad de la explotación campesina y la consiguiente proletarización agrícola. De los 252.000 pequeños productores en 1954, pasaron a 470.000 en 1968, y a unos 650.000 a mediados de los 70.

    La proletarización rural, la urbanización, el proceso de industrialización, que alcanza cotas elevadas a partir de los 50, la expansión del aparato estatal, de los servicios, etc., trae aparejado un fuerte crecimiento del proletariado urbano y las capas medias: burócratas, técnicos, profesionales, etc.

    El número de obreros industriales pasará de 23.000 en 1950, a 69.000 en 1976. Pero aún así, los ecuatorianos que estaban en la industria rondaban solamente el 14 por 100 de los trabajadores, mientras que el sector de los asalariados no alcanzaba aún a principios de los 60 a la mitad de los trabajadores del país, permitiendo que resultara mayoritario el sector de autoempleos y trabajadores familiares.

    Por su parte, las capas medias se expanden a la vez que controlan una porción mayor del ingreso: mientras en 1950 representaban el 21 por 100 de la población del país, absorbiendo el 28 por 100 de los ingresos nacionales, en 1956 la relación era de un 24 por 100 y 32 por 100 respectivamente.

    Todo ello corre paralelo a la consolidación del capitalismo y la burguesía emergente, que recibirá su último impulso con el auge del petróleo. Esto no implicará la aparición clara de una burguesía nacional, como fracción diferenciada con intereses específicos respecto de la oligarquía terrateniente tradicional, toda vez que industriales, latifundistas, agroexportadores e importadores, están plenamente identificados y confundidos.

    Se inicia así el camino hacia la consolidación de una estructura social más diversificada, y por tanto más compleja, en Ecuador.

    La década de los 70 y la de los 80 será, para los países andinos, de cambios y diferenciaciones intraclases o intragrupos socioeconómicos, no variando en absoluto una estratificación social de corte piramidal, tan asentada, que ni siquiera el gobierno militar que se instala en el Ecuador en 1972 traerá consecuencias significativas sobre la estructura social.

    La explosión petrolera en el Ecuador comenzó en 1972 con el primer embarque de crudo, tras el golpe militar que derrocó la dictadura de Velasco Ibarra, entregada completamente a las grandes empresas petroleras: Standard Oil (tanto la de New Jersey como la de California), Shell, Texaco, Gulf, British Petroleum, etc.

    Esto supuso un fuerte impacto para la burguesía, sobre todo para la relacionada con la exportación del banano, lo que significaría su fragmentación en varios segmentos y la supeditación al Estado o la dependencia de las fuertes inversiones extranjeras.

    La política militar nacionalista obligó a las empresas petroleras a mejorar las condiciones de contratación a favor del Estado. Tuvieron que devolver alrededor de 5 millones de hectáreas, aumentar el pago de derechos por ocupación de la tierra, pagar impuestos de los que estaban exoneradas, admitir la presencia de técnicos nacionales, soportar el ingreso del país en la OPEP, y aceptar al Estado como socio del consorcio exportador Texaco-Gulf, con el 25 por 100 de las acciones. Todas estas medidas determinaron la dinamización general de la economía y el crecimiento galopante del ingreso presupuestario, que se cuadriplicó en tres años.

    Sin embargo, este peso del Estado en la industria petrolera, irá diluyéndose en 1975-1976, claudicando ante la presión de las compañías que operan en el país.

    La Segunda Ley de Reforma Agraria, de fines de 1973, que implicará la redistribución de la propiedad, se irá decantando desde 1974, ante las presiones de los terratenientes y las trasnacionales agrícolas, en una mera modernización capitalista del agro y en una redistribución de los territorios del Oriente, bajo los programas oficiales de colonización.

    El analfabetismo cae de alrededor del 30 por 100 a fines de los años 60 y principios de los 70, a menos del 20 por 100 a principios de los 80, multiplicándose por tres el número de alumnos matriculados en la enseñanza media y por diez los que lo hacen en la enseñanza superior.

    La población urbana alcanzará el 47 por 100 en 1984, aunque concentrada mayoritariamente en Quito y Guayaquil, mientras que en la costa la población se equilibrará en los años 70, absorbiendo el 49 por ciento.

    En los últimos años, la burguesía nacional y los terratenientes tradicionales mantendrán un carácter regresivo en beneficio, fundamentalmente, de la burguesía exterior que había empezado a tener más peso a partir de la década de los 60, con el ingreso de inversiones externas en mayor cuantía.

    Dicha burguesía exterior recibirá un fuerte impulso con el modelo neoliberal de Febres Cordero, aunque en detrimento de la burguesía nacional, ligada al mercado interno. Esto propiciará la diferenciación entre un proletariado calificado y otro no calificado, dentro del cual se ampliarán los sectores marginales de desempleados y subempleados. Asimismo, el desempleo sumaba el 6 por 100 a fines de los 70, el 8 por 100 en 1984 y el 13 por 100 en 1987, siguiendo en el momento actual una pauta ascendente, acorde al período de crisis económica internacional de los últimos años.

 

    LA  GUERRA  DE  FRONTERAS. Uno de los problemas del Ecuador, desde su formación como estado independiente, es la disputa fronteriza con sus vecinos. En cada una de las confrontaciones que ha tenido, a lo largo de su historia, ha ido dejando partes importantes del antiguo territorio que le asignó el régimen colonial, en parte basándose en los territorios controlados por los antiguos señores naturales.

Originariamente, la superficie de la antigua Audiencia de Quito era más del doble que la del actual Ecuador, pero Brasil, Colombia y Perú se adueñaron de grandes zonas.

    En 1941 Perú se apoderó de una parte del territorio ecuatoriano amazónico, en una invasión que tuvo poca resistencia al haber un gobierno débil, el de Arroyo del Río, y se perdieron zonas potencialmente ricas en petróleo y en oro.

Al año siguiente, en Río de Janeiro, se firmó un protocolo de paz, amistad y límites, que legalizaba la invasión. Ecuador firmó el tratado forzado por las circunstancias, pero posteriormente lo ha denunciado ante los organismos internacionales.

    Desde entonces se han producido momentos de gran tensión por enfrentamientos militares en la zona de frontera, no reconocida por el Ecuador, siendo una de las más significativas la de 1981.

    Esta única disputa internacional de Ecuador se trata de solucionar por la vía diplomática con algunos contactos inéditos, como la visita en 1992 del presidente de Perú al Ecuador y la invitación de reciprocidad, lo que abre una nueva era de distensión.

 

    LITERATURA  Y  POLÍTICA. En el transcurso de la guerra de liberación encontramos una obra literaria exaltada y patriótica, que se manifiesta fundamentalmente a través de la poesía. Se escriben poemas heroicos con el fin de ensalzar a los grandes dirigentes y glorificar las victorias obtenidas.  Entre los ecuatorianos destaca José Joaquín Olmeda (1780-1847) y sus dos cantos heroicos que le dan gran fama: «La Victoria de Junín», publicado en Guayaquil en 1825 y que ensalza la victoria definitiva contra los españoles, glorificando la figura del Libertador, a quien equipara con Júpiter, siendo todo él de corte Neoclásico; y «El Canto al general Flores», de menores repercusiones dada la antipatía de parte de la población hacia la figura del general venezolano.

    Entre 1840 y 1890 presenciamos el triunfo del Romanticismo en América, movimiento que coincide con los desarrollos independentistas.

    Las nuevas naciones, recién salidas de la guerra, viven un ambiente de intranquilidad, de búsqueda de la libertad y de enfrentamiento con las políticas dictatoriales. Esto genera una literatura comprometida de tipo político combativo.

    Representante máximo de esta tendencia es Juan Montalvo, que inaugura un tipo de literatura utilizada como arma «de elite» contra la tiranía, enfrentándose en su obra a las políticas conservadoras/dictatoriales. Publica «El dictador», «La dictadura perpetua» (criticando a Gabriel García Moreno) y, sobre todo, «Los siete tratados y las Catilinarias», así como diversos ensayos que verán la luz en el periódico «El Esplendor», de entre los que destacan los «Capítulos que se le olvidaron a Cervantes» y la «Geometría moral» (todos ellos en claro enfrentamiento a la política del general Ignacio de Veintemilla).

    Entre 1915 y 1920 el Realismo triunfa en América, traducido en una narrativa dramática, que denuncia la explotación del oprimido. El tema del indio será, por tanto, el eje fundamental de este tipo de novela que recibirá el nombre de indigenista.

    El tópico no es nuevo; ya en el Romanticismo se trataba esta temática, aunque con un tono paternalista y pintoresco. Sin embargo, con la novela indigenista el tratamiento es de tipo social.

    En el Ecuador, esta corriente es iniciada por el católico y conservador Juan León Mera (1832-1894), con su novela «Cumandá», con la que pretendía dar a conocer una naturaleza y una sociedad antes no descrita más que anecdóticamente en la literatura. Aún no tiene los tintes de profunda rebeldía de obras posteriores, pero la descripción de paisajes, costumbres y situaciones es totalmente realista, aunque aún condicionado por la óptica de la raza blanca y por la moral católica.

    Esta obra fue compuesta en agradecimiento a la Real Real Academia Española por su nombramiento como miembro correspondiente en el Ecuador.

    El más destacado de los narradores indigenistas fue el ecuatoriano Jorge Icaza (1906-1978), que en 1934 publica «Huasipungo», novela en que censura la condición infrahumana del indio explotado por el rico hacendado latifundista. Se pierde el interés folclórico, ya no hay modelo romántico ni buen salvaje, sino que tiene un sentido real, un valor antropológico a través de un muy bien estructurado cuadro de costumbres y descripción del lenguaje.

    En 1948 publica «Huairapamuschcas», consiguiendo una pieza más elaborada sobre un tema parecido, en el que interviene el cholo o mestizo, más individualista que el indio. El conflicto racial del mestizo, cholo o chulla, dará origen a otra novela, «El chulla Romero y flores».

    Icaza es el autor más importante de un grupo de escritores conocidos como «Grupo de Guayaquil», formado por José de la Cuadra, Demetrio Aguilera Malta y Alfredo Pareja Díez-Canseco, entre otros, y cuyo lema era poner sus obras literarias al servicio de «la realidad y nada más que la realidad».

    En lo que a política se refiere, es importante subrayar que 34 años después de que, en 1861, la Asamblea confirmara a García Moreno como presidente constitucional, la sublevación de 1895 en Guayaquil entregó el poder a Eloy Alfaro, jefe del movimiento liberal. En 1912, Alfaro es asesinado y el general Leónidas Plaza Gutiérrez es elevado al poder por segunda vez, tras una revolución. Estalla en Esmeraldas un pronunciamiento de signo alfarista, encabezado por Carlos Concha.

    En 1927, se funda el Banco Central del Ecuador y se aprueba la Ley de Prevención de Accidentes de Trabajo. A principios de los años cuarenta, tiene lugar el conflicto fronterizo con Perú, tras la penetración peruana en el Oro. Se ceden asimismo a los Estados Unidos de Norteamérica varias bases en Galápagos y Santa Elena. En la III Conferencia de Cancilleres de América, celebrada en 1942 en Río de Janeiro, y por el Protocolo de Paz, amistad y límites, el Ecuador se ve privado de 174.000 km² de la zona transandina.

    En 1981, tiene lugar otro conflicto bélico con Perú en la zona fronteriza de la vertiente oriental de la Cordillera del Cóndor. En 1984, se celebra la Primera Conferencia Económica Latinoamericana y del Caribe, organizada por el Ecuador, el Sistema Económico Latinoamericano y la Comisión para América Latina (CEPAL). Se decide suspender el pago de 247.500.000 dólares adeudados a las naciones europeas que integran el Club de París. La suspensión pactada se produce ante el próximo relevo en la administración ecuatoriana. León Febres Cordero es proclamado presidente electo del Ecuador por el Tribunal Supremo electoral. Además, en este mismo año, se instituye el premio Charles Darwin para los científicos nacionales y extranjeros que desarrollen trabajos de interés sobre el archipiélago de las Galápagos. 

    En 1985, Juan Pablo II llega a Quito, se entrevista con el presidente León Febres Cordero y presencia en Latacunga una concentración de 300.000 indios de veinticinco nacionalidades andinas. El desempleo, sobre todo en el sector urbano, alcanza las mayores cotas de la historia, manteniéndose desde entonces por encima del 20 %. El Ecuador se convierte en el país sudamericano que más visitantes recibe, lo cual supone un fuerte aporte de capital  a la economía del Estado.

    En 1992, el presidente del Perú visita oficialmente la República del Ecuador, iniciando un proceso de acercamiento y de distensión de las relaciones entre ambos países.

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Bibliografía: Infopedia en Español