Tranquilidad espiritual

(Condensado del libro de «Peace of Miad»)
Por el doctor Joshua Loth Liebman

   ERA YO JOVEN cuando se me ocurrió hacer una lista de los mayores bienes de la vida. Fueron, por orden de importancia: Salud, Amor, Talento, Energía, Riquezas y Fama. Satisfecho de mi elección, mostré la lista a un anciano amigo mío.

«Me parece muy acertado lo que has elegido y el orden en que lo has puesto», me dijo. «Sin embargo, te faltó una cosa sin la cual no aprovechan las demás ».

Tachó la lista entera; escribió al pie estas tres palabras: «tranquilidad de espíritu»; y prosiguió:

«Salud y talento los verás en muchas personas. Los ricos abundan. No escasean los famosos. Pero la tranquilidad de espíritu sólo a sus predilectos la concede el Señor.

«Y advierte que, al hablarte así, no hago más que repetir lo que han opinado en todas las épocas los hombres verdaderamente sabios. <Dame, Dios mío, la paz del alma>, imploran ellos, <pues, ¿de qué servirá el mundo entero a quien carece de esa paz?>»

Me pareció que el anciano exageraba.

   Hoy veo más claro. En veinticinco años, la propia experiencia y lo que conozco de la ajena me han convencido de que, en efecto, la tranquilidad de espíritu es el mayor de los bienes. He visto, asimismo, que no depende necesariamente de las circunstancias. Casos hay en que el sosiego íntimo florece no obstante la falta de comodidades materiales, y aun de la salud. El hombre cuyo ánimo asedian las inquietudes hallará opresiva la mansión más amplia y espléndida; el que disfrute de paz interior respirará a gusto en su casa, por humilde y estrecha que sea.

¿Qué le han pedido siempre a Dios los hombres de todas las épocas? ¿Qué han implorado de Él, sean cuales hayan sido su religión y su idioma? Han pedido el sustento del cuerpo. Han implorado la paz del alma.

Anhelar la tranquilidad de espíritu no es querer rehuir el combate que para todos significa la vida. Ni debe confundirse este anhelo con el deseo egoísta de encerrarse en torre de marfil. Antes por el contrario, el aspirar a esa tranquilidad nos inclinará a cultivar en nosotros aquella igualdad y constancia de ánimo que es escudo contra los golpes de la adversidad.

No se alcanza la paz del alma en un día, ni con esfuerzos aislados y fugaces. La frecuente contemplación de la belleza que encierran las obras de arte es una de las cosas que contribuyen a nuestro sosiego. No basta, empero, ese goce estético para llenar el alma y darle paz. Menos lo conseguiremos corriendo afanosos a la conquista de las riquezas. Ni las mismas emociones sublimes del amor compartido —que son lo que más acerca a la ilusión de la dicha perfecta— serán prenda segura de que reine en nuestro espíritu la tranquilidad.

¿Dónde, pues, reside? ¿Cómo hallarla?

De un poeta inglés, Mateo Arnold, son estos versos:

el sosiego interior que apetecemos
está en nosotros; pero no lo vemos.

   Está en nosotros; pero no lo vemos... He ahí a un tiempo mismo la clave de ese sosiego y la razón por la cual no lo hallamos. Está en nosotros, y no queremos entrar en nosotros mismos. No lo vemos, porque nuestra obstinación nos hace desentendernos del bien mayor —la tranquilidad de espíritu— para correr en pos de otros bienes.

LA INSTRUCCIÓN MORAL de la juventud debiera concederse a los deberes del hombre para consigo mismo importancia igual a la que se da a los deberes para con el prójimo. Uno de los grandes descubrimientos de la sicología moderna nos enseña que nuestros estados de ánimo son mucho más complejos al referirlos a nosotros mismos que cuando los referimos a otra persona. El mandamiento divino «amarás a tu prójimo como a ti mismo» podría explicarse, sin violentar su sentido, diciendo: «Aprenderás a amarte a ti mismo en la medida de lo justo, porque así sabrás amar a tu prójimo».

Durante una campaña a favor de los menesterosos de Nueva York, cierta dama de la alta sociedad le escribió a uno de los directores ofreciéndole su concurso. Manifestaba en su carta que, a pesar de saberse llena de defectos —los cuales entraba a enumerar y explicar con innecesaria prolijidad—, confiaba en que el celo que la animaba alcanzaría a disimularlos y la convertiría en una colaboradora útil.

«Señora», le dijo el director al corresponder a esa carta, «admiro la humildad con que habla de sus defectos; pero, siendo tantos como asegura, tiemblo por los pobres. Como la caridad empieza por casa: ¿me será permitido aconsejar a usted que procure ser más caritativa consigo misma antes de tratar de serlo con los demás?»

No faltarán quienes digan que éste es un mal consejo. «Todos somos naturalmente propensos a querernos más de lo debido», asegurarán ellos. «La nobleza de carácter estriba en renunciar a nosotros mismos por amor de los demás, y para servirles».

Juzgar así a los hombres es no conocerlos. ¿Hasta dónde será verdad que el hombre sea naturalmente inclinado a quererse, a ser bondadoso consigo mismo? Los hechos indican lo contrario. Con frecuencia nos mostramos más despiadados con nosotros que con el prójimo. Así lo prueban el suicidio y otras formas más lentas de darse la muerte, como son, el abuso de la bebida, el vicio de las drogas, el libertinaje. Abundan, por lo demás, las personas que, sin caer en tales extremos, se mutilan moralmente al estimarse en mucho menos de lo que en realidad valen. Al abogar su talento, sus energías, sus facultades creadoras, cometen una especie de suicidio.

Proceder así es un delito, no tan sólo contra nosotros mismos, sino contra la sociedad. Quien no se estima en lo que justamente vale, tampoco estimará justamente a sus prójimos.

Al sostener que el hombre debe querer su propia persona, no trato de decir que haya de mimarla, ni que le sea lícito endiosarse. Digo, esto sí, que el amarnos a nosotros mismos es requisito indispensable para una vida moral y fructuosa.

   DE MUCHAS y de muy diversas maneras menosprecia el hombre su propia persona. Una de ellas consiste en creerse inferior a cuantos conoce. Frecuentemente atribuimos a los otros una superioridad imaginaria; exageramos sus buenas cualidades; hacemos resaltar, con verdadero ensañamiento, nuestras faltas. El engaño de todo ello reside en que, juzgando al prójimo por las apariencias, damos por ciertas su firmeza de carácter, su perspicacia, su visión, su gran experiencia. De mirar más hondo, caeríamos luego en la cuenta de que todos nuestros semejantes, aun los que parecen más admirables, llevan en el alma las cicatrices de algunas derrotas. Esto nos inclinaría a mostrarnos menos severos al pensar en las nuestras.

A todos y cada uno de los que van por la vida abrumados por la idea de que son inferiores a la mayoría de sus semejantes, les diría yo:

«Viéndolo bien, USTED es bastante capaz. Nadie que lo conozca podrá creer que no haya sido, a lo menos en cierta medida, prudente y afortunado. El haber conseguido USTED hacerse tolerable la existencia, prueba que sabe conducirse. Además, son varias las personas que lo estiman y lo quieren. ¡Vaya, hombre, quítese esos lentes ahumados del pesimismo! Ocupe sin vacilaciones el puesto que le corresponde. Convénzase de que USTED puede hacerles frente a las dificultades que otros han vencido.»

Otro medio de juzgarnos con justicia será reconocer las buenas y las malas cualidades que haya en nosotros. Por lo general, el hombre pinta dos retratos de su propia persona, y los guarda separadamente, para no mirarlos ambos a un tiempo. En uno de estos retratos, cuyo agradable colorido seduce la vista, se ve el hombre adornado de todas sus buenas cualidades. El otro retrato, de tonos sombríos, lo muestra con todos sus defectos.

Esos dos retratos, claro está, pecan de exagerados e infieles. Lo que es mas: no debiera su dueño tenerlos separados, sino uno al lado del otro, para mirarlos, así juntos, día tras día, hasta que acabasen por fundirse en uno solo, que sería ciertamente su verdadero retrato, el de la justa estimación de sí mismo. Porque esta, ni agranda lo bueno ni lo disminuye; ni atenúa lo malo ni lo exagera: retrata fielmente, y nada más.

Ninguna verdad tan consoladora hay en esta vida como la de saber que cada día nos depara la ocasión de ser mejores. Podemos aumentar nuestros conocimientos, dedicarnos a nuevas ocupaciones, defender causas nobles, hallar amigos que contribuyan a nuestro enriquecimiento moral o intelectual.

Conviniendo, pues, en que somos inteligentes para unas cosas y negados para otras; en que el genio es la excepción y la medianía la regla, no olvidemos que podemos y debemos progresar al compás de los días. Porque, en tanto no llegue el de la muerte, somos susceptibles de perfeccionamiento; está en nuestra mano herir en nosotros mismos la roca de la cual saltará el oculto manantial de no sospechadas cualidades.

   PARA LOGRAR la tranquilidad de espíritu, hemos de saber que son muchas las cosas a que debe renunciar quien aspire a poseer plenamente algunas. De niños, desear era alcanzar. Un lloriqueo solía ser suficiente para que las personas mayores tratasen de aplacarlo satisfaciendo nuestro capricho. No entendíamos entonces, ni siquiera sospechábamos, que el logro de una cosa supone con frecuencia la renuncia de otra o de otras. Solamente los años fueron enseñándonos que en cada época de la vida tiene el hombre que prescindir de estas satisfacciones si quiere disfrutar de aquéllas; aquilatar los bienes, para escoger unos y hacer a un lado los restantes.

Ya observa el filósofo Santayana que la gran dificultad que se nos presenta en la vida no es la de elegir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo bueno. En nuestros primeros años no vemos esa incompatibilidad que puede haber entre dos cosas igualmente apetecibles. Así, nada de extraño tiene que el joven acaricie media docena de planes para lo por venir. El hombre, en cambio, ha de decidirse por uno solo, y poner en la realización de este plan todo su empeño y todas sus energías.

Igualmente cierto es esto en lo que se refiere a los afectos. ¿A quién ha de sorprenderle que un adolescente mariposee de ilusión en ilusión? Pero ¿quién no experimenta cierta sorpresa ante el espectáculo que ofrece la persona mayor cuando se comporta como si estuviese en la adolescencia? El hombre maduro que pretende disfrazarse con las galas de la juventud; la otoñal con dejos de jovencita mimosa, son personajes patéticos. No han querido entender que, al llevarnos hacia la plenitud de la vida, el tiempo pide de nosotros que vayamos cerrando muchas puertas, renunciando a transitar por muchos senderos, si aspiramos a seguir aquél a cuyo término hallaremos, pronta a abrirse ante nosotros, la puerta de la mejor de las moradas: ésa donde habitan la madurez del amor y la sazón de la obra.

EL PRIMERO y más importante de los conocimientos en lo que atañe a nuestra vida individual consiste en saber que el amor es tan indispensable para el alma como el aire para el cuerpo. Al decir «amor», incluyo la relación afectiva que ligándonos a una persona, o a un grupo, o a una creencia hace que nuestro anhelo trascienda de la esfera de las satisfacciones egoístas. Pues debe observarse que el amor, aun en los casos en que es sinónimo de pasión, predispone a la generosidad de ánimo, lleva a quien Lo experimenta a sentirse hermanado con los demás hombres, a querer serles útil.

   Ninguna realidad social ocupa en nuestra vida tan amplio lugar como la relación de recíproca dependencia entre los humanos. No sólo en la infancia y en la juventud, sino también en toda edad el trato con las otras personas moldea nuestro carácter. Un hombre valeroso debe acaso esta cualidad a los ejemplos que, de niño, recibió de su padre; uno pusilánime, lo será tal vez por el miedo adquirido en la niñez por contagio del ejemplo materno. De igual modo que asimilamos el alimento, sustento del organismo, asimilamos y convertimos en parte de nuestro ser moral los ejemplos de nuestros héroes y heroínas. De esta manera, la conducta del santo y la del pecador repercute en la de personas a las que ellos no conocen siquiera; porque los hechos y los dichos de uno y otro dejan huella en la blanda arcilla de la naturaleza humana. Todos tenemos, pues, que sentirnos obligados a ser respetuosos del derecho ajeno, afables en el trato, amigos de ayudar; en suma, a ser un elemento positivo y no negativo. Darnos cuenta de los deberes que impone la sociabilidad, influirá notablemente en que nos llevemos mejor con la familia, con los amigos, con los extraños y hasta con nosotros mismos.

Salvo la seguridad del techo y el sustento, nada apetecemos tanto como vernos tratados con bondad. En tiempos de calamidades públicas, la natural inclinación a ser bondadosos se aviva en todos nosotros, y se manifiesta consoladoramente en el trato general. No sucede lo mismo en épocas normales. Muchos nos mostramos autoritarios o malhumorados con el dependiente de la tienda, el mozo del restaurante, los subalternos o compañeros de la oficina y el taller, los sirvientes de la casa. «No llamaré caritativo», dice Thoreau, «a quien olvida que el barbero, la cocinera y el palafrenero son de carne y hueso como él». Cuando olvidamos la bondad en el trato con los demás, conspiramos contra la propia tranquilidad de espíritu. La noción clara de que en toda persona con quien tratemos durante el día reside la esencial dignidad del alma humana debe ser el diamantino punto de apoyo en que estribe la máquina de nuestra vida.

El secreto de los matrimonios felices reside en las recíprocas y sencillas muestras de afecto, cuya manifestación mejor es el mutuo aliento que se prestan marido y mujer. Sentir que nos acepta, que nos aprueba, que nos necesita quien, conociéndonos perfectamente, nos quiere tal y como somos, es vislumbrar la dicha de inundarnos el alma en un sosiego que trasciende del conocimiento.

Amar al prójimo es haber llegado a persuadirnos íntimamente de que en el prójimo hay individualidad. Esto nos vuelve tolerantes, y nos libra de caer en las tentaciones del cesarismo privado. Entre otras cosas, debemos renunciar al celoso espíritu de posesión con que ansiamos que el afecto con que se corresponda al nuestro sea excluyente, o poco menos. No hay razón para esperarlo así, ni del amigo, ni del niño —ni siquiera de La persona amada—. El mundo está lleno de ejemplos de cesarismo privado. Lo es el del padre que contrariando las inclinaciones artísticas de su hijo se empeña en sacar del muchacho un comerciante. No lo es menos el de la madre que sujetando a la hija con los sutiles lazos de la piedad filial la esclaviza y le impide que viva su juventud.

Cuando nos empecinamos en que los demás ajusten sus ideas y su conducta a lo que nosotros creemos bueno, justo y decoroso, revelamos sin quererlo que nuestra fe en los principios que nos sirven de norma no es muy firme. Quien está seguro de sí mismo y de aquello en que cree, es profundamente tolerante con la manera de pensar y el modo de ser de los demás. La persona de carácter voluble y de convicciones poco arraigadas no tolera la contradicción. Evidente muestra de verdadero afecto damos desde el punto en que cesamos de pretender que la persona amada se convierta en eco de nosotros, en imagen y semejanza nuestra.

A todos nos asedian temores y preocupaciones. Pero todos podemos vencer estos enemigos de nuestra tranquilidad de espíritu.

Ha de reconocerse que la facultad de sentir temor es, en cierto modo, una bendición para el hombre. No pocas veces estimula su desarrollo intelectual o moral, o sirve de acicate a su genio inventivo. Es, por otra parte, conveniente el temor, cuando el peligro que lo inspira es verdadero. ¿No serán, sin embargo, infundados muchos de nuestros temores? Examinemos el numeroso grupo de los que llamaré «temores de primera persona». A veces nos inquieta nuestra salud. Suponemos que el corazón o los pulmones andan mal, o que la tensión arterial es excesiva, o que, por haber dormido mal una que otra noche, padecemos de insomnio. Empezamos a tomarnos el pulso a cada rato, prontos a ver síntomas ciertos de enfermedad en cualquiera alteración momentánea. A veces nos preocupa nuestro carácter. Nos sen timos inseguros, lamentamos a todas horas nuestros fracasos, imaginamos que los demás nos critican o nos desdeñan.

Bueno es recordar que estos temores pueden presentarse bajo un disfraz. Así, la desconfianza en nosotros mismos se manifestará acaso en el temor morboso a las grandes alturas o a los espacios cerrados. Y también se presenta el temor disfrazado de padecimiento físico. Una nueva rama de la ciencia médica, la medicina psicosomática, nos ha puesto al tanto de que a muchas enfermedades —desde el simple catarro hasta la complicada artritis— cabe asignarles en más de una ocasión una causa psíquica. ¡Es tan fácil tener achaques, y hay momentos en que se nos hace tan difícil tener fortaleza! La delicada salud de que disfrutan innumerables enfermos crónicos no pasa de ser artificioso disfraz de arraigados temores.

El sentimiento de inseguridad, en sus diversas formas, proviene del que experimentábamos de niños, cuando éramos en realidad débiles e incapaces, y sabíamos que mediaba gran diferencia entre nuestra debilidad y la fuerza de las personas mayores. Aunque tal diferencia desaparece a medida que vamos haciéndonos adultos, el niño que subsiste en nosotros está siempre pronto a hacernos pagar una y otra vez los errores, los desaciertos y las culpas que dábamos por olvidados.

¿Se ha convertido para nosotros en una obsesión el miedo a la muerte, o a lo que nos espere en la otra vida? Reflexionemos y tratemos de rastrear su origen, que bien podrá estar en aquellos otros miedos que sentimos de niños cuando nos castigaban encerrándonos en una habitación oscura. ¿Nos atormenta continuamente el temor al qué dirán, vivimos sobresaltados con la idea de caer en descrédito y vernos rechazados por la sociedad? Examinemos todo esto a la luz de nuestra razón de adultos; consideremos que nuestros semejantes no son menos falibles que nosotros; mostrémonos, además, capaces de entender que, siendo ya personas mayores, mal podemos esperar que nos mimen como si fuésemos unos chiquillos.

Una reflexión que nos infundirá nuevos bríos será la que nos lleve a decirnos que todo estado de alma es pasajero. Trabajo cuesta a veces aprovechar la enseñanza que de esto se desprende. En horas de desaliento, los alfilerazos se nos antojan puñaladas. Pero siendo natural e inevitable que pasemos por horas de esa clase, importa no perder de vista que a las sombras de la noche, por muy negras que sean, sigue la claridad del día. El hombre es ser muy recio, puede resistir muchos choques, derramar muchas lágrimas, sobrevivir a muchas tragedias. Aprendamos, pues, a no ver en la adversidad y el desaliento más de lo que son en realidad: lo episódico y no lo permanente de nuestra existencia.

NATURAL que nos preocupe lo que pueda reservarnos el mañana en punto de bienes materiales y de posición social. A muchas personas las atemoriza la idea de llegar a verse sin trabajo, o de fracasar en su profesión. Nada hay de imaginario en tales temores. Pero sí sucede que anden estrechamente unidos con manifestaciones de neurastenia. En la época actual los hombres son como atletas que compitiendo en una carrera temen sin cesar verse alcanzados por los que van atrás, y ansían alcanzar a los que van delante. A este implacable correr en pos del buen éxito económico se debe más de un caso de postración nerviosa o de enfermedades del corazón que terminan en muerte prematura.

La ambición es atributo admirable de la naturaleza humana. ¿Cuándo nos daña? Lo hace siempre que, mal encaminada, nos mueve a consumir estérilmente energías que debiéramos reservar para cosas de mayor provecho; nos daña cuando, en vez de ser emulación, degenera en envidia. Tal hombre tendrá un techo, bienes suficientes, una familia encantadora, y todavía se sentirá descontento y amargado. ¿Por qué? Porque no puede sufrir que otros le hayan aventajado en la carrera hacia el éxito pecuniario. Y no es que tal hombre carezca de cuanto puede necesitar: es que vive diciéndose que otros poseen eso y bastante más. Lo cual basta para que su propio éxito le parezca insignificante.

Un hombre así debería entrar en cuentas consigo mismo, y decirse: «De ahora en adelante —sin preocuparme de cuántas riquezas o cuánta influencia tienen otros— me bastará saber que dispongo de lo necesario para mantener mi propio decoro y el de los míos. En vez de encaminar mis ambiciones hacia la meta que otros señalaron a las suyas, seré yo mismo quien señale su meta a las mías. No conspiraré contra mi tranquilidad de espíritu cifrando mi ambición en el dinero. Al juzgarme a mí mismo, no preguntare sólo: ¿cuánto posees?; preguntaré también: ¿qué conocimientos has adquirido? ¿Cuánto has adelantado en la senda del bien?»

   SABEMOS que las emociones reprimidas pueden convertirse a la larga en dolencias físicas o morales. Esto arroja mucha luz en lo tocante a la manera de mirar por nuestra tranquilidad de espíritu cuando nos aflige la pérdida de un ser querido.

El doctor Erich Lindemann, clínico del Massachusetts General Hospital —médico entre cuyos pacientes se han contado centenares de víctimas de penas de esta clase— ha comprobado que el reprimir la manifestación de un pesar profundo y sincero expone, andando el tiempo, a reacciones morbosas. Algunos de los pacientes del doctor Lindemann se veían aquejados, años después de la muerte de un ser querido, de enfermedades graves o de agobiadora melancolía. Sorprendentes curaciones ha logrado este médico, así en los enfermos del cuerpo como en los del alma, al llevarles a desahogarse de la pena y la angustia que debieron haber hallado salida al ocurrir la desgracia.

¡Cuán absurda es la idea, tan extendida hoy, de que tanto el hombre como la mujer han de reprimir las explosiones del sentimiento! Lo que deja en el alma profundas cicatrices no es permitir que las penas se manifiesten, sino, muy al contrario, impedirles que hallen salida.

La norma de conducta en horas de duelo debe ser dar rienda suelta a la aflicción, manifestarla en la medida en que el corazón nos lo pide. ¡No nos avergüence sentirla! Pensemos que expresarla será el medio de que el alma sane más adelante de sus heridas.

Los descubrimientos de la psiquiatría respecto a la importancia de manifestar nuestra pena, en vez de contenerla; de hablar de la pérdida que acabamos de sufrir; de ir volviendo gradualmente del inerte aislamiento en que nos sumió el dolor a la activa comunicación de la vida diaria, hacen recordar que los antiguos maestros del judaísmo poseían acerca de la naturaleza humana un conocimiento intuitivo olvidado hoy por la complicada sabiduría contemporánea. En la Biblia vemos con cuánta espontaneidad, sin recatarse de nadie, manifestaron su pesar Abraham, y Jacob, y David. Nunca les avergonzó, ni a ellos ni a los hombres de otros tiempos, lamentarse públicamente, hacer pública penitencia, desgarrar sus vestiduras en público. Las no refrenadas manifestaciones de la emoción están, por desgracia, proscritas en nuestra época. Prudente sería considerar que el acto de desahogar las penas encierra cierta virtud curativa, y que el abstenerse de hacerlo traerá acaso a la larga consecuencias funestas.

En presencia de esta verdad, penetrados de que la aflicción no ha de reprimirse ni rehuirse, sino sobrellevarse, sabríamos, de no faltarnos la fortaleza de ánimo, vivir como los que nos amaron querrían vernos: no llevando una existencia vacía, melancólica, egoísta, sino como cumple a quienes perseveran en la senda de la vida fructuosa.

   Tan cierto como que no abunda en la generalidad de nosotros el valor de encararnos con la idea de que hemos de morir, es que no podemos llamarnos verdaderamente libres mientras vivimos esclavos del temor a la muerte.

En lo que personalmente nos toca, hemos de recordar lo que nos enseña la ciencia acerca del modo como se produce en el hombre la cesación de la vida. No hay por qué nos atormentemos pensando en espantosos padecimientos que nunca llegaremos a experimentar.* Un gran facultativo, sir William Osler, dice a este propósito: «En mi larga experiencia de médico, he visto que la generalidad de los hombres mueren sin padecimiento y sin temor. En las últimas horas de la vida se hallan casi tan ignorantes de todo como en las primeras ».

Con sabiduría admirable dijo Montaigne: «Cuando gozo de completa salud les temo más a las enfermedades que cuando estoy verdaderamente enfermo... La muerte no debe infundirnos temor. Es una amiga».

Sí; la muerte es la aliada de la vida, y no su enemiga. A la certidumbre de que nuestros años tienen un límite se debe que sean tan preciosos para nosotros. Platón estuvo en lo justo al asegurar que vivir para siempre en este mundo no sería deseable, porque una existencia sin término carecería de cumbres y de simas, de lucha y de triunfo. Profundamente cierto es que la satisfacción del esfuerzo, que la alegría de la esperanza huirían de nuestro pecho si nos fuese concedido vivir en la tierra eternamente.

Al mismo tiempo, ¿quién osará negar la sed que hay en el alma por una vida que trascienda de los estrechos límites de la presente? Casi universal es el sentimiento de que el Creador no ha podido disponer que la llama que arde en nosotros se apague para siempre.

Nos cumple tener presente, por otra parte, que la supervivencia del individuo como tal no es la única forma de inmortalidad. Acaso no haya ninguna otra ocasión en que el hombre manifieste mejor cuanto alienta en él de desinteresado y noble como en las ocasiones en que, olvidándose de la propia inmortalidad, dirige el pensamiento a la de la especie humana. Y caso notable: cuanto más pensamos en la vida inmortal de la especie, más enriquecemos nuestra vida. Pues al unirnos en espíritu con los héroes, y los mártires, y los sabios, y los poetas de todas las razas y de todas las edades, damos eco en nosotros a los pensamientos más sublimes, a los ideales más elevados, a la imperecedera armonía que resuena siglo tras siglo en el alma humana. Mezquina en verdad es la suerte del hombre que vive reducido a su época; y abundante la de aquel que comparte los tesoros de lo pasado y las promesas de lo por venir.

   LA RELIGIÓN Y LA CIENCIA nos enseñan de consuno que los obstáculos que se oponen a nuestra tranquilidad de espíritu no residen fuera, sino antes bien, se hallan dentro de nosotros mismos.

Si aprendemos el arte de querernos a nosotros mismos en la medida de lo justo; si, auxiliados por la religión, y ahuyentando temores que son únicamente sombras vanas, nos hacemos capaces de afrontar las penas y de vencerlas; si, libres de niñerías, aceptamos resueltamente nuestras responsabilidades de adultos; si nos reconocemos y valoramos por lo que en realidad somos: ¿quién dudará que lleguemos a hacer fructuosa nuestra vida tanto para nosotros mismos cuanto para nuestros semejantes? Y así reinará en nosotros la paz íntima.

Bibliografía: SELECCIONES DEL READER’S DIGEST, agosto de 1942