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    Carlos Villamarín Escudero

     

    CONCURSO LITERARIO

    TALLERES GRAFICOS  ATENAS
    Quito - Ecuador

     

     
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      —César, mal amigo, muero disgustado contigo, porque nada haces por salvarme. ¿No ves que pronto me engullirán las aguas?  —clama Roque asqueado de la conducta de su amigo de siempre y actual compañero de naufragio, mientras lucha con desesperación para evadir de las voraces fauces del mar embravecido.
       —Insensato —replica el aludido, impotente de poder mantenerse a flote—. ¿Desconoces acaso que tampoco yo sé nadar? De saberlo cómo, tenlo por seguro que ya me hubiese ido de aquí.

    Fragmento del relato "Dos amigos"
    De Carlos Villamarín Escudero

     

     

     

     

       

    INTRODUCCIÓN
      

        Esta vez no podía fallar.

       El anhelado triunfo con el cual había soñado tanto Lequerica, el obstinado aspirante a escritor, no podía estar más cercano.

       Al fin, el eminente doctor Urbina, escritor de primer orden, con más libros publicados que años vividos, le había concedido la promesa no sólo de recibirle sino también de asesorarle.

       Quedaba lejos la ocasión en que, luego de superar grandes y espinosos escollos, consiguió que el ilustre doctor examinara uno de sus relatos que tenía en mente presentarlo en el próximo concurso literario. Mas entonces la conclusión que el hombre de letras sacara de aquella lectura no pudo ser más deprimente. "Joven —dijo, arrugando el ceño—, en su propio beneficio, le sugiero se dedique a algo que nada tenga que ver ni remotamente con la literatura. Opino con absoluta sinceridad que el oficio de las letras no comulga con sus aptitudes. Sin embargo, si la persistencia de la pasión por las letras se mantiene aún viva luego de algunos años de serena reflexión y, mediante una intensa práctica, haya adquirido destreza en el dominio de ellas, vuelva entonces usted a verme, por supuesto, si todavía precisa de un saludable consejo".

       Sin embargo el fiel y tenaz aspirante a escritor, aunque hondamente consternado por el fallo del experimentado literato, quien sin el menor eufemismo le había arrebatado la esperanza de coronarse con el éxito en el concurso inmediato y sabe Dios en cuántos otros mediatos, se negó rotundamente a desprenderse de su sueño dorado, acariciado desde la infancia: exhibir a la luz pública sus creaciones gestadas y desarrolladas en el mágico reino de la fantasía.

       Luego de meditar detenidamente sobre el consejo recibido, se aventuró a suponer que el literato doctor, por muy literato y doctor que fuese, pudo quizá haberse equivocado al llegar a aquella tajante conclusión. ¿Era, acaso, él capaz de emitir un dictamen justo sobre todo ese caudal de atributos que posee un escritor, por novato o mediocre que fuera, solamente con echar un somero vistazo a unos cuantos párrafos, tal vez  los menos afortunados de toda una obra? ¿O acaso le había querido jugar una broma? Pero, entonces, ¿a qué inescrutable motivo se debía que hasta la fecha no hubiese podido alcanzar el más modesto triunfo?

       No obstante, que esta idea le traía incrustada en la mente, cual dolorosa espina, terminó por confiar en la buena fe del doctor Urbina; pero de modo alguno seguiría su consejo respecto a dedicarse a otra actividad. Si bien, la ilusión de ser parte del próximo concurso se había esfumado, en cambio, el anhelo de someterse a un proceso de intensiva instrucción se despertó en él. Combinar su innata vocación —que no podía sola— con una respetable dosis de sabiduría era un asunto indispensable que no admitía plazo ni alternativa.
       La esperanza de figurar un día en el apasionante mundo de las letras se hallaba más viva que nunca en la mente del escritor en ciernes.

     

     

      
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  • CAPITULO UNO

  •    Ahora, luego de largos años de agotadores estudios, Lequerica volvía a visitar al insigne doctor, en procura de sus sabios consejos. Un importante concurso literario internacional, cuyo género era el relato, se hallaba a punto de efectuarse. Y el joven (que a decir verdad había dejado de serlo desde hacía mucho tiempo ya) se había prometido que en esta ocasión tomaría parte de él.

       Esta vez no buscaba recabar una opinión acerca de su capacidad literaria, que tal cosa dejó de preocuparle desde mucho rato atrás, sino el consejo sobre cuál de los relatos que traía consigo contaría con mayores posibilidades de triunfo en el certamen. Por cierto, el doctor, con su experiencia también como jurado en esos eventos, luego de someterlas a un riguroso análisis y sopesarlas según su sabio criterio cada una de las creaciones, estaría en capacidad de sugerirle sobre la que más se acomodara a las circunstancias.

       El doctor Urbina, no obstante su fama de hombre adusto y poco devoto de la cortesía, le recibió con suma amabilidad, seguramente en atención al indeclinable tesón de Lequerica por alcanzar el fugitivo éxito. Aquella actitud le sorprendió gratamente a éste, puesto que todavía conservaba fresco el recuerdo de la nada alentadora acogida que tuviera la visita anterior. Claro que en aquella época se hallaba el destacado personaje muy lejos de verse cubierto por las marcas que deja detrás de sí el prolongado desfile de los años, que, además, no olvida la broma de ablandar el carácter de las personas. Y ensalzó a la bendita vejez que opera verdaderos milagros en el género humano. Ciertamente, el mundo sería un paraíso si lo habitasen únicamente ancianos.

       El príncipe de las letras, que le esperaba situado en la puerta de su regia mansión, le concedió una cordial bienvenida e invitó a ingresar de inmediato y directamente a su despacho. Una vez allí, rogó que se acomodara en un ancho butacón tapizado de reluciente piel color castaño, mientras que él se instalaba, como en un trono, en su mullido sillón situado detrás de una enorme mesa de nogal. Paseó con notable interés la mirada por los objetos diseminados sobre ella hasta detenerse en un voluminoso libro abierto por la mitad, el cual, aparentemente, había estado leyéndolo un momento antes. Colocó entre las páginas visibles un pedazo de papel que encontró a mano y finalmente lo cerró con un golpe seco que lo hizo sobresaltar de susto a su desprevenido visitante. De inmediato abordó el asunto que motivara la reunión.

       —Señor Lequerica, estoy enteramente a su disposición —dijo mientras, con un significativo ademán, invitó al aludido a entrar en materia. Este, luego de filosofar en silencio acerca de lo provechoso que resulta a la humanidad el advenimiento de la vejez, se ocupaba ahora en mirar y admirar los pergaminos, diplomas, certificados y menciones honoríficos otorgados por las más altas entidades culturales a nombre del genial literato, que cubrían gran parte de las paredes de la sala—. Y trataré de cumplir con mucho placer la promesa formulada a usted —añadió.

       Lequerica, con una leve y graciosa inclinación de cabeza, agradeció o aprobó aquellas confortadoras palabras, pero continuó callado. Y lleno de alegría empezó a sacar de la cartera que llevaba consigo, una apreciable cantidad de hojas de papel que las fue depositando sobre el escritorio, cerca de su anfitrión.

       —Empecemos —expresó éste, mirando sin entender las cuartillas mecanografiadas que iban llenando su mesa de trabajo—. Vamos, mi buen amigo. En vez de entregármelas, ¿no le parece que sería mucho mejor que fuese usted leyéndolas? Pues, para decirle la verdad, yo no sabría qué hacer con ellas.

       —¡Desde luego, desde luego! —se dejó oír Lequerica, mientras se apresuraba a recoger las hojas. Estas formaban folletos de variado espesor y cada uno de ellos contenía un relato, a la vez.

       —Le ruego que empiece a leérmelos —le apremió el doctor desde su mullido sillón de respaldo graduable, donde se encontraba cómodamente recostado, manteniendo los brazos cruzados sobre el pecho—. Le prometo ser todo oídos mientras dure la lectura. Le aseguro, amigo mío, que una de mis virtudes es la de saber escuchar con la debida atención.

       Lequerica, exhalando complacencia, tomó un folleto situado a la izquierda de los demás (sus convicciones izquierdistas le impedían decidirse por nada que se relacionara ni remotamente con la derecha), cuyo título, en letras mayúsculas decía: HISTORIA DEL CABALLO AZUL.

       Y dio comienzo la lectura:

       «—La luna se hallaba en el cenit, bañando en su límpida luz el impresionante paisaje, y como todas las noches de plenilunio a esa hora, desde la colina vecina llegaba el acompasado rumor de un frenético galope. Era el caballo azul que, enamorado de la serena noche, deseaba fundirse con su belleza, valiéndose de una rauda carrera...»

       —¡Es suficiente, es suficiente! —le interrumpió categórico el ilustre oyente, anteponiendo una mano con la palma dirigida hacia el perplejo joven, temeroso de que la orden emitida por vía oral pudiese ser vulnerada por falta de fuerza y la lectura se precipitarse sobre él como una incontenible avalancha—. Con lo que ha leído me basta para formarme un criterio sobre esta insulsa fábula que no conduce a ninguna parte. ¡Por Cristo crucificado! Pero ¿a quién le interesa hoy día caprichos de equinos, sobre todo si son azules? Además, según la cantidad de folios que contiene el cuaderno, el relato es demasiado extenso para que el común de los jurados pueda leerlo parte de él sin que el tedio les haga caer en el más profundo de los sueños. Por tanto, ruego a usted tenga piedad con quienes, posiblemente, habrán de proyectarle hacia la fama. De modo que empiece usted ahora mismo por leerme algo más corto, pero convincente, y que se ajuste perfectamente a las exigencias del lector actual.

       Lequerica escuchó a su mentor visiblemente inquieto, pero se cuidó de contradecirle. Dejó sobre la mesa el folleto que había empezado a leerlo y tomó otro.

       —Este relato —comentó a manera de preámbulo— se intitula "El Hombre de Sarajevo". Cuenta las peripecias vividas por cierto musulmán pacifista en extremo, que al sentirse amenazado por sus conciudadanos, se ve obligado a decidir entre tomar las armas o huir cobardemente de la ciudad que le viera nacer y crecer.

       —¡Tampoco este relato tiene futuro! —se dejo oír el docto personaje, poniendo los ojos en blanco—. Si en él figura como protagonista un hombre que profesa una religión que su solo nombre despierta aversión a los cristianos, ¿qué porvenir le espera en una sociedad de católicos? Y es importante tener en cuenta que los jurados que integrarán el tribunal del próximo certamen también lo serán forzosamente. En consecuencia, ninguno de ellos sentirá demasiado placer en favorecer con su voto las correrías de un infiel, aunque éste tuviese madera de verdadero santo. Yo mismo, en su lugar, no procedería de manera diferente.

       El autor de "El Hombre de Sarajevo" se quedó atónito ante declaración semejante. "¿Eran los jurados literarios fanáticos a tal extremo como para no admitir mérito alguno a un relato que albergase en sus páginas individuos de religión diferente a la suya?" Se interrogaba sin dar crédito a lo que acababa de escuchar. Pero aún le quedaba cosas peores por oír.

       Empezaba a creer que sólo se trataba de una broma, pero de pronto reconoció que él nada conocía del celo religioso ni de ninguna otra manía que adolecieran aquellos genios de las letras. Y, además, ¿quién era él para poner en tela de duda los asertos de su sabio consejero, que no hacía otra cosa que orientarle para que tuviese mayores posibilidades de triunfo en el concurso? Sin embargo, sintió que se abría en su alma un pozo de amargura al ver cruelmente discriminado su relato, debido a la religión profesada por su personaje central. Y sin pensar dos veces, asumió su defensa.

       —Pero, doctor —exclamó—, el personaje del relato, que se confiesa musulmán, por su intachable conducta es mejor que el común de los cristianos. Bueno, ya lo verá usted mientras escucha la lectura.

       —¡Qué ingenuo es usted, mi estimado colega! —le reprochó el doctor, impotente de poder reprimir una escandalosa risa que pronto degeneró en tos.

       El sabio tosió y tosió con atronador estruendo, como nunca antes lo escuchara Lequerica.

       Mientras el doctor tosía malamente, el joven meditaba sobre la posibilidad de una equivocación respecto a la última palabra pronunciada por su mentor. Pues si no lo había entendido mal, ¿no acababa de ser llamado "colega?" Lo que significaba que le consideraba ya como de su profesión. Se negó a dar cabida a la duda y sintió que le embargaba una deliciosa complacencia, al punto de que se olvidó que también le había calificado de "ingenuo".

       —Ni aun así tiene su relato la menor posibilidad de reivindicación —continuó el literato, tan pronto como fuera superado el ataque de tos—. Pues él, además de narrar las fechorías de un fulano de Sarajevo, que forzosamente reactivaría en más de uno de los jurados su latente xenofobia, para complicar todavía más su ya difícil posición, peca del mismo vicio del anterior: contiene demasiadas páginas. Por cierto, en lo que a extensión de una narración se refiere, uno debe andar con tiento, puesto que en materia de concursos literarios, al contrario de lo que reza el refrán, lo que abunda sí hace daño. Por supuesto, el problema radica en que la mayoría de los literatos que asumen la función de conformar aquellos eminentes tribunales calificadores son verdaderos prisioneros de múltiples compromisos diferentes. En consecuencia, carecen de tiempo y tranquilidad suficientes como para darse el lujo de sumergirse en la lectura de todas y cada una de las narraciones postulantes, del principio al final. ¡Por Cristo crucificado! Debido a ello se contentan tan sólo con leer uno o dos párrafos de ellas, y casi siempre sin la necesaria atención. De ahí que, no pocas veces ni pocos de ellos, se vean precisados a dar su veredicto sin enterarse ni remotamente del contenido del texto, sino fundándose únicamente por su título.

       —¡Cómo! —exclamó Lequerica, escandalizado de las indiscretas confidencias de quien había actuado tantas veces como jurado calificador de tantos certámenes literarios—. ¡Si los miembros de estos tribunales suelen emitir un veredicto basándose únicamente en el título de la obra, resulta fácil de comprender por qué los mejores concursantes no cuentan con mayores posibilidades que los oponentes mediocres! ¡Resulta imposible de creer que estos benditos certámenes fuesen algo así como un juego de lotería!... ¡Qué farsa!

       El doctor Urbina parecía algo compungido por haber causado la decepción que experimentaba su visitante. Le miraba con un aire parecido a la preocupación. Las puntas de sus bigotes, torcidas y levantadas hacia arriba, al estilo de Dalí, se movían rítmicamente cada vez que el aire atravesaba por la nariz.

       El afamado escritor era un hombre que se hallaba aislado de la juventud por kilómetros de distancia, pero conservaba aún la mirada ardiente y en la expresión de su enjuto rostro se adivinaba la infinita alegría que sentía por la vida. Era de pecho hundido, hombros caídos y extremidades largas. Vestía en aquella ocasión traje color mostaza, camisa verde avión y corbata celeste.

       —Vamos, vamos —trató de tranquilizarle a su huésped que, de un momento acá, permanecía estático y con los ojos vidriosos como los de un muerto—. No veo razón para tanta inquietud de su parte. Pues dígame usted ¿dónde está lo malo? No le parece que más bien esta circunstancia favorece a todos. Primero: los jurados evitan así el desagradable trabajo de leer tantas estupideces que al cabo de poco tiempo les dejaría muertos de fatiga o de furia, sin que por ello llegasen a entender nada de lo que han leído. Segundo: esta suerte de sorteo, lejos de perjudicar a nadie, más bien les favorece, porque ofrece a todos igualdad de oportunidades de triunfo gracias al azar, ya que por sus méritos literarios les sería imposible. Entonces, ¿dónde está lo malo?

       Y antes de que su patrocinado pudiese ordenar las ideas para formular alguna pregunta u objeción, que era obvio que saliera a flote, le indicó tomar otro relato.

       —Este relato es bastante corto, como usted lo puede ver, señor doctor, —trató de contentarle Lequerica, mientras tomaba un nuevo folleto, situado a su izquierda, y agregó con perseverante de esperanza—: Se titula "EL MISTERIOSO SEÑOR DANDO".

        —Léalo, léalo, ¡por favor! —le animó el doctor.

       —¡África, África! —empezó—. Este inmenso, misterioso y negro continente, cuna de múltiples civilizaciones pretéritas, lugar de mil conflictos actuales, pero madre de una sola raza, la raza de ébano.

       »El señor Dando era oriundo de una remota aldea escondida en la selva ugandés, la misma que vio nacer a otro gran hombre: Idi Amín Dada...»

       El doctor Urbina, que se había recostado plácidamente en el espaldar del sillón y permanecía cruzado de brazos, con la intención de escuchar con absoluta concentración los pasajes del relato, se incorporó de pronto y le obligó al lector a cortar la lectura, aduciendo que a nadie en su sano juicio le agradaría conocer los milagros de un negro posiblemente pariente del caníbal de Amín. Y pidió que leyese otro cuento mucho más digerible. Pero, tanto para el siguiente como para los subsiguientes, esgrimió siempre reparos por uno u otro motivo.

       Sin embargo, aquel comportamiento, válido o no, llegó a su término cuando el fiel aspirante a continuar la obra emprendida por Homero, Platón, Cervantes, Vargas Vila, etc., tomando al azar un nuevo folleto (ahora sin importarle que fuese del lado derecho), cuyo título decía: "VIAJE FANTÁSTICO", se preparó a iniciar por enésima vez la lectura.

     

     
      

     

                                                                   CAPITULO DOS

     

       «—Viaje Fantástico —empezó Lequerica.

       —¡Fantástico, fantástico! —musitó el hombre de letras, volviendo a recostarse en el muelle butacón y cerrando dulcemente los ojos. Por lo visto, su actitud prometía que esta vez se hallaba dispuesto a escuchar la lectura hasta el final. Su patrocinado, que no esperaba otra cosa, ahora muy animado, dio comienzo a la lectura de su nuevo relato:

        »—La experiencia que acabo de pasar ha logrado al fin dilucidar muchas incógnitas que me han acompañado toda la vida —exclamó Paco, respirando contento, mientras caminaba por una calle de la ciudad, en compañía de su incondicional amigo Feliciano.

        »—No irás a dejarme ahora con la curiosidad, ¿verdad? —se apresuró a responder Feliciano, deseando conocer cuanto antes lo que le había sucedido a Paco— Es mejor que me lo cuentes todo, empezando por el principio, claro.

       »—Está bien, está bien —repuso Paco, deteniéndose junto a un portal, presto a complacer a su amigo, y empezó—: Verás, desde muy niño había soñado yo que, a bordo de una cápsula similar a una nave espacial, volaba placentero por el cosmos, visitando mundo tras mundo y, de vez en cuando, deteniéndome en alguna radiante estrella. La sensación de sentirme liberado de la gravedad, me hacía completamente feliz.

       »Paco iba a continuar cuando Feliciano, de muy mal talante, exclamó:

       »—¡Caray! ¿No pretenderás contarme algo que soñaste anoche?

       » —No, no, que va. Lo que voy a relatar es completamente verídico —se dejó oír el amigo de Feliciano, adoptando gesto adusto, y siguió adelante—. Ayer en la tarde, luego de aburrirme de lo lindo durante muchas horas por falta de actividad, resolví salir de casa y emprender un corto recorrido por la ciudad, sin elegir de antemano la dirección que había de tomar. Abordé el primer autobús que se puso a mi alcance y me dejé llevar por él hasta el fin de su recorrido, que fue en las goteras de la ciudad.

       »El lugar donde me detuve, aunque alejado del perímetro urbano, no carecía en absoluto de concurrencia ni animación. Nutridos grupos de personas, en su mayoría compuestos de jóvenes parejas, iban o venían, charlando alegremente, por la vía que bordeaba una llanura cubierta de suave césped y vigilada por colosales árboles de eucalipto, plantados en sus orillas.

       »La luz que el sol suele derramar herido por el atardecer, caía profusamente sobre ella, bañándola en resplandores áureo-rojizos. Una deliciosa paz llegaba del infinito, descolgándose por los moribundos rayos de luz, ajena a la melancólica penumbra que se aproximaba cabalgando en alas del crepúsculo. El velo nocturnal empezaba a envolver los valles.

       »No sé cuánto tiempo permanecí, embrujado por su belleza, contemplando aquel paisaje. De pronto decidí ser parte suyo y terminé por adentrarme en él.

       »Caminaba por su mullida alfombra, deleitándome con la brisa que transportaba en sus alas el aroma de las diminutas flores que tachonaban la hierba. Avanzaba lentamente pero sin interrupción, gozando del placer de caminar con cada paso que daba, cuando de repente, capturando mi atención, llegó a mis oídos un apagado zumbido que fue haciéndose cada vez más intenso. Llevado por la curiosidad, que en mí lo está presente siempre, aceleré la marcha hacia el lugar donde parecía tener su origen.

       »Caminando siempre orientado por aquel zumbido, pronto pude divisar, entre los árboles, infinidad de intermitentes luces sobre una enorme cúpula...

       »—¡Caray! —interrumpió asombrado Feliciano, rascándose con un dedo la oreja— ¿De modo qué llegaste el preciso momento en que tal artilugio se ponía en movimiento para alejarse?

       »—Nada de eso. Pues aquel ingenio sólo se movió cuando yo me hallaba dentro de él —repuso lacónicamente Paco.

       »—¡Qué caray! ¿Y te contentas con una explicación pálida, fría y sucinta, de algo que deberías contarlo con profusión de detalles?

       »—Vamos —arguyó Paco—. Claro que te lo contaré detalladamente, por cierto si no me lo quitas la palabra a cada instante. Si deseas escuchar esta anécdota, no vuelvas a interrumpirme.

       »—Está bien, prosigue.

       »—Me acerqué presuroso a aquel lugar —continuó Paco, deseoso de complacer a su amigo— y pude ver entre otras cosas más o menos interesantes, un gran disco en posición horizontal, cuya base se hallaba a un metro del suelo, manteniendo el equilibrio sobre una especie de pedestal que lo sostenía situado en su centro.

       »Sobre su estructura, de un impresionante brillo metálico, oscilaban suave y acompasadamente varias esferas de aspecto curioso. Todas ellas, aparte de estar construidas en un material transparente, que les daba la apariencia de ánforas de cristal, llevaban en su parte superior grabados nombres extraños y largas cifras, que debían ser su número y serie, supongo.

       »Tomando el ejemplo de las personas que, desbordando alegría en sus rostros y en sus palabras, ingresaban presurosos en aquellos esféricos y transparentes artefactos, sin pensar dos veces ingresé también yo en uno de ellos, antes de que alguien lo tomase para sí. Como bien puedes comprenderlo, no podía yo asumir el papel de simple espectador cuando la fortuna me ofrecía el de protagonista.

       »—¡Caramba! Hasta que se realizó tu sueño. ¡Paco, Paco de mis tormentos! ¿De modo que al fin pudiste viajar por el espacio exterior? ¡Afortunado mortal! ¿Y qué me dices de las marcianas o venusianas que sin duda las conociste durante tu periplo estelar? Cuéntame, cuéntame —rogaba Feliciano, embargado por la curiosidad, mientras le encerraba a su camarada en un apretado y estrecho abrazo.

       »Varios transeúntes que en ese instante pasaban cerca de los dos amigos que, al amparo del portal, dialogaban fundidos en apretada unión, les dedicaron torcidas miradas, sospechando vaya usted a saber qué obscenas barbaridades. Paco, en cuanto consiguió quitarse de encima tan afectuosas demostraciones, continuó, intentando por su parte mantenerse lo más lejos posible de su interlocutor.

       »—Apenas tuve el tiempo necesario para acomodarme —dijo—, cuando la escotilla de la nave se cerró automáticamente y ésta empezó a desplazarse suavemente, girando sobre su propio eje. Casi de inmediato adoptó velocidad de crucero, deslizándose por su ruta invisible cual centella.

       »A su interior no llegaba la menor señal auditiva del exterior que hubiese podido distraer mi concentración mental, que ahora captaba únicamente la melodía del silencio absoluto. A través de sus traslúcidas paredes, el infinito se dibujaba ante mis ojos en todo su palpitante esplendor. ¡Estrellas juguetonas, exhibiendo entre centellantes parpadeos los colores arrebatados al arco iris, tachonaban esplendorosas el jardín sideral! ¡Planetas erráticos, cuerpos patéticos y a la vez eufóricos, se precipitaban raudos por su túnel orbital! ¡La Vía Láctea, esa inmensa espiral que se desintegra en diminuta arena mientras gira eternamente, flotaba perezosa en un océano de terciopelo y de negrura, y en vertiginosa carrera, globos luminosos huían o se acercaban, navegando por el éter!

       »Toda esta eclosión de belleza tuvo la virtud de rescatar a mi espíritu del estado de abatimiento en el cual se halla perennemente sumergido, infundiéndolo agradables sensaciones. Una profunda euforia descendió a mi corazón y sentí un mar de abnegación por cuanto alberga el Universo. Este excelso sentimiento que me embargaba aquel momento, era idéntico a los que, cuando niño, regalaban mis sueños. ¡Oh! Cuánta felicidad se puede despertar en uno con sólo regalarnos un ápice de distracción.

       »¿Lo ves la asombrosa similitud existente entre la fantasía que nos ofrece un sueño y la experiencia vivida en la realidad?

       »Paco suspendió el discurso, que mantenía a su amigo henchido de expectativa, convencido que se hallaba a punto de esclarecer el misterio sobre la posible existencia de vida inteligente en los demás planetas del sistema solar. Las consideraciones sentimentales que habían desbordado de labios del feliz viajero parecían haber llegado a su término y entonces pasaría él de inmediato a rememorar novedosas aventuras. Con certeza que Paco llevaba la memoria atiborrada de imborrables recuerdos de experiencias vividas junto o, al menos, cerca de seres extraterrestres.

       »Pero no, Paco no continuó con el relato. Y más bien sus labios dieron paso a un torrente de recios y luengos suspiros que avalaban lo agradable de los momentos vividos poco antes, pero que en adelante estarían presentes únicamente en forma de bellas reminiscencias.

       »—¡Magnífico! —exclamó Feliciano, impaciente por la tardanza que Paco se tomaba para relatar lo más importante de su maravilloso viaje— Pero me parece que ya es tiempo, amigo mío, de que empieces por contarme algo respecto a esos mundos llenos de misterio que la diosa Fortuna te permitió visitarlos a bordo de aquella nave espacial que tan oportunamente se puso a tu disposición. Pues no irás a decirme que te has decidido a trasladarte a alguno de esos planetas —bromeó. Luego continuó con apremio—: No sabes cómo anhelo conocer de buena fuente todo lo concerniente con la vida extraterrestre, especialmente la de sus habitantes. Dime: ¿Qué tan buenas son las damas alienígenas? Vamos. Me imagino que de seguro la belleza de alguna de alguna de ellas habrá hecho mella en tu apasionado corazón. ¡Te conozco mosco!

       »De pronto, Paco miró a su amigo como a alguien que acabase de perder la razón, y lleno de extrañeza respondió:

       »—Pero, ¿qué disparates dices, hombre? ¿A qué extraterrestres te refieres? ¿Te lo he mentado acaso algo parecido?

       »Ahora era Feliciano quien escuchaba sin comprender a su interlocutor.

       »—Pues de los que tú, forzosamente, habrías visto, palpado y hasta degustado cuando la casualidad te concedió el privilegio de visitar otros mundos, claro. ¡Qué caray! A qué otra cosa voy a referirme —replicó Feliciano, sumamente extrañado.

       »—¿Bromeas? —inquirió Paco, sin entender nada— ¿Cómo se te ha ocurrido idea semejante? Pues simplemente yo me he limitado a relatarte mi inesperado encuentro con un parque de distracciones donde, en buena hora, hallé y me divertí con un sofisticado carrusel, el cual simulaba perfectamente una plataforma espacial con sus naves prestas a despegar.

       »—¡Basta! —gritó Feliciano fuera de sí excitado por la furia que le embargaba— ¿Y únicamente para referirte a la infantil sensación de bienestar que experimentaras tú al utilizar aquel juguete destinado a párvulos, robas tan miserablemente mi precioso tiempo? ¡Mentecato!

       »Paco, como era natural, quiso defenderse, manifestando que, si su narración había despertado la fantasía de su amigo, la culpa no era suya. Pero Feliciano, echando chispas por los ojos, se alejó tan dolido como si acabase de recibir un rodillazo en los …»

      

     
      
     

     
     
     
                                                             CAPITULO TRES

     

       Lequerica, durante la lectura no había osado levantar la vista hacia su oyente, temeroso de ofrecerle con ello la oportunidad de un nuevo pretexto para que le interrumpiese. Mas una vez que hubo concluido de leer, ávido por conocer la opinión de éste, le dirigió una interrogante mirada más elocuente que cualquier pregunta oral. Pero el ilustre doctor continuaba en la misma posición que adoptara minutos antes con el fin de oír cómodamente las incidencias del relato. Tan sólo la posición de sus brazos había cambiado en algo, pues ahora los tenía cruzados sobre la barriga y no sobre el pecho como antes. Por lo demás, todo continuaba igual. Esto es: recostado plácidamente en el respaldo del sillón, su enjuta y venerable cabeza inclinada levemente sobre el hombro izquierdo, los párpados entornados y su respiración, cuasi musical, dejaba notar un ritmo regular.

       Y aunque el tiempo que corría marcaba minuto tras minuto, sus ojos y labios doctorales permanecían sellados. ¿Es qué el contenido de lo que acababa de escuchar le había sumido en profundas cavilaciones?

       Por supuesto, era eso lo que debió sucederle.

       Esta quietud tan serena y elegante, reservada solamente a las personas distinguidas, de educación y cultura refinadas, fue aplaudida en silencio por el hombre que esperaba escuchar el comentario sobre su obra literaria, ya que entendía que tal cosa avalaba la atención que su asesor le había dispensado en esta ocasión. Y tomando su interminable mutismo como una disposición favorable a continuar escuchándole, se apresuró a tomar otro relato para leerlo. Más adelante ya le pediría su opinión sobre cada uno de ellos.

     

     


      
     

     

                                                     CAPITULO CUATRO

     

       No esperó más y empezó la lectura de otro de sus relatos con voz timbrada. Se intitulaba éste: INTI, INTI...

      «—Tenía el ojo derecho terriblemente inflamado a punto de estallar —empezó— y abundante sangre, procedente de una enorme herida bucal, que manaba en abundancia, teñía de púrpura el pecho y los brazos. Además, cojeaba de un pie. ¡La última paliza recibida fue bárbara! Mas al comparar con tantas otras tundas con que le habían agasajado a lo largo de su vida, concluyó en que ésta no era la peor.

       »Mientras corría, a brincos como un mirlo, gemía acongojado, ya que lacerantes dolores cubrían como un manto de púas la totalidad de su anatomía. No obstante, debía ganar terreno a toda costa, procurando alcanzar la mayor distancia posible entre él y el impávido agresor que le perseguía garrote en mano.

       »El insufrible dolor que en los primeros minutos no le había permitido casi moverse, poco a poco fue desapareciendo y, en su lugar, un pesado entumecimiento iba apoderándose de su ser, que pronto no percibía sino una ligera sensación de malestar similar al mareo. Sin embargo, otra dolencia aun más angustiosa que la física vino a ocupar el sitio de la anterior. Era ésta el fruto amargo proveniente de la ingratitud de quienes le debían agradecimiento, acrecentada diariamente por el veneno del desprecio.

       »Bien mirado, de qué le había valido el servir con entrega y fidelidad, desde su infancia, a un malvado que jamás le había concedido el más pálido reflejo de gratitud por su sacrificio. Ahora mismo, haciéndole blanco de su furia, le despedía a palos y lanzaba, en detrimento de su honra, vergonzosos insultos proferidos entre espeluznantes alaridos de furia, verdaderos relinchos equinos.

       »—¡Maldito! —gritaba rabioso el hombre que le perseguía— Por tu culpa mi casa ha sido saqueada. Y no dejaré de acosarte hasta no ponerte las manos encima y desollarte vivo.

       »La fatiga, fomentada por la desesperación, empezaba a doblegarlo. No obstante, de ningún modo podía detenerse un solo instante para tomar aliento. Su agresor no declinaba la persecución y más bien comenzaba a ganar terreno. El fugitivo, consciente de que tal situación habría de redundarle en funestas consecuencias, impelido por su instinto de conservación, extrajo de sus enervadas fuerzas toda la energía que yacía pulverizada en ellas y, abandonando su cansino paso, consiguió dotar a sus piernas la velocidad suficiente para ganar distancia y poder librarse del tirano.

       »Jadeante y con la lengua afuera, se lanzó hacia un inhóspito chaparral que, afortunadamente, se presentó en su camino casual, y agazapado debajo de unos espinosos matorrales, se dispuso a descansar. Pero ¿cómo conseguir tal cosa cuando el dolor le anonadaba? No le resultaba fácil olvidar los agravios recibidos de quienes fueron beneficiarios de toda una vida de sacrificados desvelos.

       »Ciertamente que mientras estuvo al servicio (que en realidad fue toda su vida) de quien ahora le hostigaba y de su familia, jamás conoció descanso llegada la noche ni el fin de semana. Tampoco disfrutó de asueto en fiestas cívicas ni religiosas.

       »El energúmeno, habiendo perdido el rastro de su víctima, dio media vuelta y, lleno de frustración, enrumbó sus pasos en dirección de su casa, sin dejar de barbotar injurias., demostraba que era el receptáculo de un arraigado y enconado rencor difícil de apaciguar.

       »Y mientras el fugitivo se lamía las heridas, no pudo evitar de rememorar las incidencias más relevantes de su existencia y, tomándolas como fruto de una rara cosecha, se propuso efectuar con ellas un balance con la finalidad de esclarecer si en realidad le había valido la pena haber vivido. Entonces recordó minuciosamente todas las acciones heroicas que protagonizara y las cotejó con sus correspondientes retribuciones.

       »El resultado fue patético.

       »Por la ardua labor de velar y preservar la seguridad de la casa de su amo, las veinticuatro horas del día, sin importarle el ni frío ni el calor, ni el viento ni la lluvia, recibía como única remuneración las sobras de la mesa y un pestilente y destartalado lecho confeccionado de sucios trapos. Pero había algo más que absorbía como complemento: las palizas con que le agasajaban generosamente los miembros de la casa, a quienes se les podían llamar personas por pura cortesía. Mas, no obstante lo doloroso que le parecían los azotes, los encontraba menos crueles que los ataques verbales.

       »—¡Inti! —vociferaba el amo— ¡Crápula, holgazán! ¿Dónde has pernoctado la noche? Pues no te he oído a ningún momento.

        »—¡Malandrín! —se quejaba la mujer del patrón, culpándole de desafueros que él jamás los había cometido— Conque has vuelto a las andabas, ¿no? ¿Qué has hecho de la carne destinada al almuerzo de tus amos? Pues ahora tendremos que contentarnos con roer los huesos.

       »—¡Inti! Esto te enseñará a dejar de seguirme —espetaba el hijo mayor del patrón al tiempo que le azotaba.

       »—¡Inti! —chillaba el hijo menor— ¡Malvado! ¿Por qué no me sigues?

       »Y todo el mundo: ¡Inti!, esto. ¡Inti!, eso otro.

       »Jamás había usufructuado de una muestra de cariño o gratitud de sus señores, como lo había oído a menudo sobre lo bien recompensados que eran otros sujetos en su condición cuando se mantenían fieles al cumplimiento de su deber impuesto pos sus patronos. ¡Cuentos, sólo cuentos!

       "Para mayor penitencia suya, la mañana de aquel día, sus amos se despertaron con la novedad de que, durante la noche anterior, la casa había sido visitada por los ladrones. Y todos, sin pensar dos veces, coincidieron en hacerle responsable de alta traición, ya que, según ellos, hubo de estar él en connivencia con los cacos, para no haberlos denunciado cuando cometían la fechoría. Pero nadie pensó en atenuar su falta atribuyéndola nada más que a una simple negligencia en el celo del deber. Ante semejante conclusión de sus amos, qué podía hacer él para evitar la tormenta que amenazaba con dejarse caer sobre sus espaldas.

       »Y la verdad sea dicha, fue únicamente un mero e infortunado descuido lo que ocurrió.

       »Inti, pese a sus desventuras que en cualquier otro hubiese podido conducir a la postración anímica, conservaba a flor de piel esa exaltación sentimental que, quien lo experimenta y lo manifiesta, es calificado de romántico. Y por supuesto lo era también poeta. Aunque en su vida hubiera escrito un solo verso. Sin embargo, poseía una rara facultad para encontrar belleza incluso en la suprema fealdad, música en la estridencia del sonido o en el silencio absoluto y amor en el enconado rencor.

       »Solía escuchar con indecible delectación el estrepitoso grito del trasnochador grillo, la empalagosa letanía de la chicharra o el lúgubre canto del búho, rescatando de sus voces la célica melodía que subyace atrapada en el fondo cacofónico del ruido, como el oro que se esconde en el fangal del río.

       »Aun en la fealdad de un sapo enfurecido, resoplando como un fuelle, o en la de la belicosa araña, dando cuenta de su víctima, descubría una inconmensurable belleza traslucida en la armonía de sus movimientos. Del mismo modo, la hoja desprendida del árbol, de la vida y del movimiento y de vuelta al inerte polvo, le parecía tan digna de admiración como la flor en plenitud de su esplendor.

       »Aun en las torvas miradas y en los golpes recibidos hallaba manifestaciones de amor. Pues ¡quién dedica sus esfuerzos a los demás, indudablemente da parte de sí! Filosofaba con ingenuidad y bondad. E aun en el infortunio procuraba encontrar al menos una parca felicidad.

       »¡Qué decir del magnetismo que ejercía en él las cosas propiamente bellas! La contemplación de un dorado atardecer, matizando el paisaje serrano, de una flor, vibrando de intensa y aromada vida, de una argentada nube, navegando el mar azul del cielo, o de la reina de la noche, recorriendo majestuosa el firmamento, le envolvía en gloriosas sensaciones.

       »Y fue precisamente esto lo que sucedió la noche anterior. Inti se hallaba ya acostado, muy lejos de caer en la tentación de descabezar un ligero sueño y dispuesto únicamente a dejar sentir su presencia al menor indicio de peligro que amenazase la seguridad de la casa de sus amos, cuando, persiguiendo a la lobreguez que parecía encadenar a la noche, de pronto, una difusa luminiscencia se desplegó pintando de alegre y plateado tono el paisaje como sus ojos hubiesen visto jamás.

       »Un resto de sombra aún se negaba a emprender la retirada, pues el resplandor que derramaba Selene no alcanzaba aún la parte occidental de la colina, donde moraba Inti. Éste calculó que tardaría más o menos una hora para que la iluminación alcanzara ese lugar. Se impacientó sólo de pensar en tan larga espera y, sin oponer resistencia, se dejó arrastrar por la tentación de ascender hasta la cima de la colina para mirar desde ahí el misterioso satélite.

       »Tras el corto viaje, consiguió situarse en un lugar que le ofrecía un amplio horizonte. ¡Y el escenario que se presentó a sus ojos fue realmente espectacular!

       »La Luna, casi en su plenitud, se levantaba con perezosa gracia sobre la cadena montañosa oriental. Tenía la apariencia de un ser vivo y hasta se diría que respiraba. Y como tantas otras veces, parecía mirarle sonriente, pues su rostro festivo, surcado de tenues arrugas obscuras, se ensanchaba a momentos.

       »A su sola vista comenzó a experimentar candorosas emociones. Sintió que la inspiración se adueñaba de él. Quiso dedicarla una apasionada canción del estilo de ésas que el hijo mayor del amo solía cantarlas a su amada. Floridos versos pugnaban por transformarse en melódico lenguaje. Mas al intentar llenar el ámbito de dulces notas que embargaría de ternura al auditorio, solamente un bronco y estremecedor aullido, que por un instante quebró el nocturnal embrujo, brotó de sus labios.

       »Decididamente, él no había nacido con dotes de cantor.

       »La decepción le duró apenas unos segundos. Pronto se dejó llevar hacia un estado de absoluto éxtasis. No supo cuánto tiempo permaneció sometido a la dulce influencia de la soberana del firmamento. Pero, con seguridad, debió ser el mismo que las nubes tardaron para ocultarla. Pues cuando esto ocurrió, volvió bruscamente a la realidad.

       »Consciente de que este fenómeno atmosférico permanecería estable por varias horas o tal vez lo que restaba de la noche, algo frustrado y dedicando torcidas miradas al oscuro cielo, decidió regresar. Además, empezaba a sentir allí demasiado fresco, lo cual no era algo que precisamente le agradara. En tal caso, su destartalada cama era un sitio más hospitalario.

       »A su regreso, notó que durante su ausencia alguien ajeno de la casa había andado por ahí, pues aún flotaba en el ambiente aromas humanos desconocidos. Pero no dio mayor importancia a su descubrimiento y procuró dormir. Y durmió soñando con Selene. A la mañana siguiente, todavía muy temprano, le despertó una tunda de palos.

       »Indudablemente, su vida había sido un rotundo fracaso. Más le hubiese valido no haber nacido para atravesar una existencia erizada de atroces incidencias. Y una negra idea comenzó a configurarse en su mente, como la nube que surge poco a poco va del río para cubrir totalmente el cielo.

       »Y ella se prendió como una fatídica obsesión.

       »Y la vio como la única solución de sus males habidos y por haber.

       »Finalmente había comprendido con meridiana claridad el porqué de aquella decisión que no pocos de sus semejantes la tomaban cuando la gravedad del sufrimiento se volvía insoportable. Por lo demás, el remedio no tenía visos de una promesa dolorosa ni desagradable más que para quienes lo miraran luego de que éste fuese suministrado. La gente, al presenciarlo, lo calificaría de un estúpido accidente, mas nunca de un acto premeditado. Pues siempre sucedía así.

       »En el ambiente, como suele ocurrir durante los minutos que preceden a los terremotos, flotaba un hálito de muerte.

       »Inti se incorporó trabajosamente y, haciendo caso omiso del dolor físico, emprendió veloz carrera a campo traviesa. A poca distancia divisó una carretera concurrida de rugientes y raudos automotores, y hacia allí se dirigió. Una vez situado en su orilla, aguardó un instante en busca de la ocasión oportuna. Y ésta no se hizo esperar. Llegó implacable, con la puntualidad de los sucesos fatales.

       »Y tras retroceder algunos pasos para tomar impulso, Inti se precipitó hacia el centro de uno de los carriles de la vía.

       »El pesado vehículo que circulaba a gran velocidad, emitió un espeluznante chirrido de frenos, maniobrado desesperadamente por su conductor en un vano intento por evitar la tragedia. Pero las ruedas, sin obedecer completamente la operación, arrollaron inclementes el cuerpo del infortunado.

       »Así, ¡convertido en una masa informe y sanguinolenta sobre el oscuro asfalto, concluyó la existencia de Inti, un fiel perro que buscó la paz en el suicidio!»

       Tampoco la lectura de este cuento suscitó comentario alguno en quien estuvo llamado a formularlo. Pues él continuaba manteniendo un extraño silencio. También conservaba, en todos sus detalles, la postura arriba descrita. Y Lequerica comenzó a sentir una vaga inquietud que empezó por oprimirle el corazón.

       Pero la naciente intranquilidad se desvaneció cuando el doctor, en ese mismo instante exhaló un profundo, entrecortado y dilatado suspiro capaz de sumir en la más patética melancolía al mayor desalmado de los humanos. No obstante, Lequerica no se dejó avasallar por aquella tristeza contagiosa y, en su lugar, experimentó cierta sensación de alegría, convencido de que el relato había tenido la virtud de conmover el alma del famoso literato, de quien se decía que solía permanecer inmutable incluso frente a los mayores acontecimientos. Y le pareció que en esa circunstancia sería una falta de delicadeza pretender arrancarle de aquel silencio sagrado. Sabe Dios qué fibras de su sensibilidad había tocado la dolorosa historia que acababa de oír.

       Se sintió de pronto llamado por un sentimiento de compasión y pensó que lo menos que podía hacer, para mitigar el dolor que la fuerza de su arte literario causara en el anciano doctor, era confortarle con la lectura de un cuento en el cual la tristeza no matizara sus escenas con mustias pinceladas. Y con esta loable intención, aunque en ningún momento se olvidara del propósito que le llevase allí, escogió un relato que le pareció apropiado para esa circunstancia y se puso a leerlo.

     

     
      

     

                                                             CAPITULO CINCO

     

    EL RESUCITADO

     

      «—¡Las siete horas y treinta minutos de la noche —se quejó don Juan de Mata Mena, visiblemente preocupado— y no existe todavía noticia alguna de nuestro amigo ausente! Todos los esfuerzos puestos, tanto ayer como hoy, para dar con su paradero han sido vanos. Pero ¿cómo pudo él haber desaparecido así no mas en la corta distancia que cubre entre aquí y Latacunga?

       »Los rostros de los presentes, iluminados escasamente por la mortecina irradiación que producía la lámpara de querosín, suspendida de una las ennegrecidas vigas de la casa, apuntaron en dirección de don Juan de Mata Mena, acentuando aun más el gesto compungido que desde días atrás venían manteniendo. Era evidente que la inquietud les dominaba a todos.

       »—¡Caray! Tal vez el muy pícaro se mandó a cambiar en compañía de alguna vaga —terminó por proferir malignamente Felisa, abriendo excesivamente los ojos e imprimiendo en su redondo y feo rostro un gesto realmente aterrador, sin poder disimular ya el oleaje de celos que ascendía constantemente del pecho a la cabeza y a su paso le secaba la garganta y le nublaba la vista—. La plata que fue a retirar del banco debió ser más que suficiente para permitirse el lujo de poner en práctica una de sus picardías favoritas. ¡Le conozco de qué pie cojea!

       Malintencionada e incisiva era Felisa lo que se dice la pécora negra de la población.

       »—No, no. Que va —terció Rosendo, más por contradecir a la furcia que por otra cosa. Este era un joven de rostro de dogo y voz rotunda, que ocupaba el asiento vecino al de la celosa mujer—. La cantidad de dinero era tan exigua que no le habría permitido a “Mister” viajar aun solo ni siquiera hasta Ambato. Además, debía dármelo como parte de pago de un reloj que le prometí vendérselo.

       »—Pues nunca he sabido yo que se precise de una fortuna para conseguir los favores de una de ésas —insistió Felisa, mirando con suspicacia a ciertas chicas de buena pinta, que se hallaban sentadas enfrente de ella—. Por poco dinero que tuviese sería suficiente para convencer a alguna de aquellas lagartijas que se venden por nada. Y durante esta semana de ausencia lo habrá pasado de lo lindo. ¿Es qué hace falta la fortuna de un Álvaro Noboa para acceder a los favores de una de ésas?

       »—O para llamar la atención de un avezado ladrón —volvió Rosendo a intervenir con el mismo propósito de mortificar a Felisa. Sin embargo, estaba él lejos de suponer que su ocurrencia habría de conmocionar de inmediato a toda la comunidad.

       »Las personas que se hallaban reunidas en la modesta casa, situada en una de las polvorientas calles de la pequeña y aislada pero histórica aldea serrana llamada Once de Noviembre (hasta hace poco Ilinchisí), donde acaeció este drama, se estremecieron de terror en cuanto escucharon las fatídicas palabras de Rosendo. Pronto menudearon los ayes y suspiros de dolor. Muchos de los concurrentes dirigieron la mirada al cabo Pacheco, ansiosos de conocer su autorizada opinión, ya que en el pasado este caballero había sido agente de policía durante varios años.

       »—Todo puede ser posible y todo puede ocurrir en el tenebroso mundo del hampa —profirió con suficiencia el ex agente de policía, en respuesta a las inquisidoras miradas de sus paisanos—. Por la amplia experiencia que poseo en la lucha contra el crimen y, por supuesto, como experto conocedor del modus operandi de los delincuentes locales, vislumbro la sospecha de que algo terrible ha sucedido con nuestro común amigo —miró en silencio por unos instantes a la concurrencia, concediendo el tiempo necesario para que asimilara el peso de sus expresiones. Luego continuó—: No puedo descartar la posibilidad de que, el momento en que Galo salía del banco, fuera seguido por uno o varios ladrones, convencidos de que su potencial víctima llevase consigo una cantidad importante de dinero. Seguros de lograr un gran botín, le persiguieron disimulada y pacientemente por diversos sitios de la ciudad hasta encontrar el lugar y el instante propicios para perpetrar el atraco.

       »Nadie osaba siquiera respirar temerosos de perder una sílaba de la fría hipótesis que el cabo Pacheco iba exponiendo con la seguridad de quien conoce lo que dice. Sin embargo, alguien le birló la palabra.

       »—¡Y al oponerse valerosa y tenazmente el pobre Galo, fue golpeado o acuchillado brutalmente hasta que la vida se le escapara por las heridas! —expuso Felisa con mayor seguridad que el cabo Pacheco al aventurarse sobre la presunción de asesinato, pasando en corto tiempo del veneno de los celos a las lágrimas de compasión—. Luego, aprovechando la soledad del paraje o las sombras de la noche, arrastraron su cadáver hasta el turbulento Cutuchi, para ocultar en sus gélidas aguas el cuerpo del delito. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ayayay!

       »Y sin otro argumento más, dieron todos por cierto el asesinato del ausente.

       »Tarsila, la angustiada madre del desaparecido Galo Cordero, lanzó un espeluznante alarido comparable al graznido de la lechuza y mucho más lúgubre que el gemido del viento al atravesar entre las leñosas ramas de los capulíes y las espadas del cabuyal. Las mujeres, abandonando a un tiempo los rústicos asientos, rodearon solícitas a la infeliz mujer para expresarle su sentimiento de adhesión con cálidos abrazos, reiteradas palmadas en la espalda y, desde luego, con una letanía de frases de tétrica audición.

       »Por cierto, este gesto, aunque funesto, era sin duda de lo más sincero, porque lo eran sinceros y solidarios los habitantes de ese arenoso caserío, situado a tan sólo una docena de kilómetros de la idílica ciudad de Latacunga, pero muy lejos de ser una acuarela andina.

       »Tras prodigarla consuelo y prometerla que el siguiente día se dedicarían todos, como una sola persona, a la búsqueda del cadáver de su hijo, se despidió parte de la vecindad, mientras la otra, compuesta por parientes y amigos íntimos de Tarsila, atentos al deber que exigían las circunstancias, partieron de inmediato en busca de los menesteres que demanda un velatorio en regla. Mas, cuando la capilla ardiente quedó a punto, el muerto brillaba por su ausencia. Sin embargo, aunque parezca difícil de creer, no resulta tan sencillo efectuar un velorio sin contar con el cadáver de alguien, pues se entiende que es éste y nadie más que éste es el objeto de tal homenaje. Pero este detalle técnico, que a otros les habría puesto a devanar los sesos, no constituyó óbice para ellos, que consideraron que en semejante caso un retrato del finado, elaborado cuando vivía, por supuesto, supliría perfectamente a su ausente modelo.

       »Entre quienes apoyaron tan sui géneris exequias estaban las chiquillas y, de ellas, era Felisa la más obstinada. Esta fogosa moza, ni ninguna otra, fue jamás prometida de Galo Cordero, según aseguran unos, aunque sostienen otros que tanto ella como las demás se entendían en secreto a las mil maravillas con éste, puesto que en la comarca nunca existió otro don Juan con mayor éxito que el hijo de Tarsila. Aseguran que sus características nórdicas (motivo por el cual le apodaran: “Mister”) era la llave que abría sin obstáculo las puertas del corazón de las románticas damas, sedientas siempre de una aventura galante.

       »Bueno, haya sido de una u otra forma, en todo caso ninguna de las premisas tiene mayor importancia en el desarrollo de esta historia.

       »Y la celebración para honrar el viaje sin retorno de Galo, se dio inicio con el rigor costumbrista existente en esa zona.

      »El presentimiento de Felisa, respecto del lugar en que se ocultarían los restos del infortunado tenorio local, que lo aceptaron todos como un mensaje de inspiración divina y que en adelante nadie osó refutarlo, bien mirado, no carecía de lógica. Ciertamente, dónde mejor que un río de caudalosas y violentas aguas para esconder un cadáver, sin posibilidad de que fuese hallado en mucho tiempo. Además, el río Cutuchi se prestaba a las mil maravillas para facilitar este macabro propósito, ya que su gélida corriente, procedente de los deshielos del nevado Cotopaxi, atraviesa longitudinalmente el centro de la ciudad de Latacunga.

       »Cuando el astro rey hacía su triunfal aparición sobre los níveos picos de los Andes y con su dorada luz incendiaba de belleza la serranía, los hombres del caserío, encaramados en varios destartalados camiones, que levantaban nubes de polvo a su paso, enrumbaron hacia la vecina ciudad. Su intención era la de examinar palmo a palmo el río, de ser necesario, hasta llegar a Ambato. Ciudad localizada a unos cuarenta kilómetros de allí.

       »La búsqueda se inició con entusiasmo y se mantuvo con igual ahínco durante el tiempo que ésta se efectuó.

       »A lo largo de tres semanas no pararon de examinar el lecho del río, sin que aparecieran por ningún lado los restos del presunto fallecido. Trabajaban de sol a sol y salían del agua tan sólo por la noche, para acudir a casa de Tarsila, donde se continuaba velando todavía un retrato en permanente espera de poder sustituirlo con su original de un momento a otro.

       »Mientras transcurrió la primera semana, tiempo que abarcó unos doce kilómetros de desplazamiento por el curso del río, nada encontraron. Al finalizar la segunda semana y luego de avanzar otros doce kilómetros, medio enterrados en el fango, hallaron una silla de montar y un abollado yelmo de metal, que había pertenecido a la armadura de un caballero medieval. Tan raro objeto, que nadie sabía cómo ni cuándo había ido a parar allí, fue acogido con buen humor. Los jóvenes, especialmente los bromistas, uno detrás de otro, fueron colocándose en la cabeza entre guasas y risas.

       »Pero la algazara terminó en cuanto don Juan de Mata Mena (que pretendía descender de unos hidalgos de su mismo apellido, originarios de la Coruña, y que pregonaba a los cuatro vientos que en sus venas no circulaba sino sangre azul), sintiéndose ofendido por el escarnio que estaba siendo objeto aquella noble arma defensiva, usada tal vez por alguno de sus ilustres antepasados, la arrebató de poder de uno de los bromistas, arrancándola de la cabeza a viva fuerza, y la reclamó para sí como herencia natural.

       »Apretando el yelmo fuertemente contra su pecho, don Juan de Mata Mena corrió hacia la próxima orilla y, desde ahí, se puso a insultar a sus compañeros:

       »—¡Jamás consentiré que este hato de plebeyos mentecatos e ignaros indígenas profanen con tamaños desaguisados esta reliquia de una época en la cual la cristiana Europa cifró su orgullo en la dignidad y la justicia! ¡Oh, qué tiempos fueron aquellos! Era entonces cuando el caballero, inmerso en su metálica armadura, recorría el mundo, imponiendo al pagano la cruz a golpes de espada. El mismo gigante Fierabrás, moro feroz, capaz de derrotar él solo a todo un ejército, fue abatido en singular combate por Roldán, uno de los doce paladines de Carlomagno —y se puso a lustrar el viejo trasto con la manga de su camisa, sin reparar en

    las incendiarias miradas que le prodigaban sus vejados coterráneos.

       »El cabo Pacheco, por su parte, que era descendiente en quinta o sexta generación de un tal Pacheco que luchó y murió gloriosamente, un 11 de noviembre, por la Independencia de Latacunga, y que además decía ser tan anticolonialista como su tatarabuelo, le tildó al "hidalgo" de negrero, encomendero y no sé cuántos calificativos más, terminados en "ero". Pero logró apaciguar al mozo, de cuya testa fue arrancado el yelmo con despiadada saña, que pugnaba por echarse encima de su agresor, en justa represalia por haberle lastimado las orejas durante la brusca acción sufrida.

       »Felizmente, pronto se restableció la tranquilidad y la búsqueda continuó con el fervor acostumbrado, aunque en lo que restaba de la semana nada más pudieron encontrar.

       »Mientras transcurría la tercera semana, el hallazgo de unos huesos prometió que el sacrificio sería coronado por el éxito. Se trataba de un fémur y una vértebra completamente pelados y que parecían haber permanecido durante mucho tiempo sumergidos en el agua y expuestos, como es fácil de entender, a su acción corrosiva. Aparte del color negruzco que presentaban, estaban prácticamente cubiertos de finas fisuras. A pesar de su aspecto de notoria vejez, no vacilaron en suponerlos parte de los restos mortales del pobre “Mister”. Y cuando alguien, con sentido común, quiso hacerles notar que tales despojos no podían ser de Galo, ya que se veían bastante deteriorados para pertenecer a alguien fallecido apenas un mes antes, le tildaron nada menos que de ignorante.

       »La nueva de que habían sido hallados los restos del hasta ahora supuesto fenecido, no se hizo esperar. Las autoridades de policía se presentaron en ese lugar y obligaron a los deudos a entregar su hallazgo, prometiendo devolverlos luego de que fueran examinados por el médico forense.

       »Aceptaron a regañadientes la confiscación momentánea realizada por los representantes de la policía, tomándola como una absurda injerencia que buscaba únicamente entorpecer y dilatar sabe Dios hasta cuándo la ceremonia fúnebre que merecidamente debían recibir aquellos despojos. Pero, contrariamente a esta generalizada creencia, la espera no pudo ser más corta ni más decepcionante.

       »Tan sólo hubieron de aguardar unas cuantos minutos para que un oficial de policía, conteniendo a duras penas la risa, les explicara que tal osamenta, concluyentemente, no pertenecía al difunto Galo Cordero, apodado “Mister” (los deudos de éste pusieron mala cara), y que ni siquiera eran humanos sino equinos sin la menor duda. Rosendo quiso refutar semejante afirmación, pero el oficial puso en sus brazos las piezas óseas y le empujo hacia la calle junto con los demás.

       »Con la decepción pintada en el rostro, pero sin claudicar, los leales oncenoviembrinos regresaron al río.

       »Sin embargo, al finalizar esa semana y ya muy cerca de Ambato, renunciaron a la búsqueda. Fatigados por el esfuerzo empleado durante tantos días de permanencia con el agua hasta el cuello, removiendo, troncos atrapados entre las piedras y piedras semienterradas en el fango y de exponer la vida a cada instante en los furiosos remolinos y cascadas, el ánimo se les fue abajo. Y la mayoría de los buscadores pensaron en la conveniencia de suspender la campaña, aduciendo que ésta no daría frutos aunque avanzaran hasta el mismo río Amazonas. Además, todos ellos eran gente de tierra firme y el permanente contacto con el agua les ocasionaba quebrantos en la salud. Por ejemplo, don Ursesino Calvo, don Teófilo Travez y hasta el mismo cabo Pacheco, hombres de mediana edad, empezaron a sufrir de dolores reumáticos. Fue así como una tarde abandonaron el río para no volver a él más.

       »No obstante, estaban lejos de sentirse satisfechos.

       »Sonrisas Figueroa, mozo de brillantes ideas, pero que pese a su mote jamás sonreía, cuando dejaban definitivamente el río, les recordó que el día en que Cordero se esfumara era precisamente la víspera de la fiesta de san Pedro y san Pablo. Por tanto, la forma que habrían utilizado los asesinos para hacer desaparecer el cadáver sería muy diferente de la cual se suponía hasta entonces. Pues, como es sabido, en toda la serranía, esa fecha es celebrada con grandes fogatas en honor de los citados santos. De modo que era fácil de presumir que a la hoguera y no a otra parte irían a parar los restos del malogrado muchacho.

       »Consideraron la posibilidad de examinar las ya extinguidas hogueras. Mas les pareció que esa labor les llevaría demasiado tiempo. El área era extensa. Además, ¿quién les garantizaba que las voraces llamas no hubiesen consumido hasta el último vestigio del infortunado joven? En consecuencia, más les valía no comprometer el tiempo en otra campaña inútil.

       »El día siguiente se cumpliría un mes de la desaparición del llorado Galo. Acontecimiento que con absoluta certeza se debía a su muerte. En tal circunstancia, era hora ya de cumplir con uno de los ritos que la santa madre iglesia católica impone a sus fieles: la celebración de una solemne misa por el descanso del alma de un difunto.

       »En la última noche del velatorio hubo más lágrimas que en las anteriores juntas. También abundaron las anécdotas jocosas relatadas por don Juan de Mata Mena y el cabo Pacheco, rescatadas de las vicisitudes de la vida, ya bastante dilatada en el caso de ellos. Los canelazos, acompañados de galletas de Ambato, las "puntas" de los cañaverales de Sigchos (bebida apta sólo para gaznates a prueba de fuego) y el "anís del mono", fueron servidos reiteradamente a los presentes, que demostraron poseer una capacidad increíble para libar grandes cantidades de alcohol, sin que la embriaguez desdibujase su temperamento siempre mesurado y afable.

       »Y como no podía ser de otra manera, se sirvieron también viandas regionales, de aquellas que contienen papas enteras en salsa de semillas de calabaza, complementadas con huevos y queso de hoja, ají de cuy, fritada de cerdo y otras carnes preparadas hábilmente, y pastelillos de "chahaurmishqui".

       »Fue una noche en la cual se fundieron entre sí el dolor y el regocijo.

       »Y el nuevo día se hizo presente, como se suele decir por aquí, con poncho y bufanda. Aquél no podía ser más gris y frío. Pero, a medida que las horas transcurrían, el sol arrinconó su plomizo y gélido manto de niebla para reemplazarlo por otro, cálido y azul.

       »Y toda la aldea, prácticamente, se volcó a la iglesia.

       »El oficio religioso comenzó con el recogimiento debido. Tanto el padre Silverio como los feligreses no escatimaron oraciones destinadas a predisponer la piedad de Dios y de todos los santos en favor del alma de Galo Cordero. Por si ella encontrase dificultad para llegar directamente a la Gloria. Por otra parte, resultaba conmovedor escucharle al párroco ensalzar y evocar la vida y milagros del difunto, como si él mismo hubiese sido testigo presencial de los ejemplares actos de éste. Aseguró que su bienaventurada alma encontraría grata hospitalidad en el paraíso celestial, donde un coro de ángeles se esforzaría por mitigar la nostalgia sentida por la ausencia de sus seres amados con deliciosos cantares, transformando pronto su existencia en un placentero y perenne periplo. Sin embargo, no obstante esta prerrogativa, que ya quisieran disfrutarla todos quienes han dejado este mundo, Galo (ahora únicamente en alma, pero siempre Galo), aureolado por un nimbo de luz azulada, bajaría de vez en cuando del cielo para visitar a sus parientes y amigos.

       »Un sollozo tan fuerte como el fragoroso trueno, estremeció el pecho de los concurrentes.

       »Luego de oír aquella ceremonia fúnebre, los feligreses, sin poder detener las lágrimas, que se precipitaban de los ojos como verdaderas cataratas, empezaron a salir de la iglesia. Al ponerse en movimiento esas piadosas personas, de atuendo de riguroso luto, daban la apariencia de una bandada de murciélagos abandonando la lobreguez de su cueva.

       »Pero en cuanto traspasaron la puerta se encontraron con algo insólito, que les hizo abrir desmesuradamente los ojos, empalidecer el rostro, proferir gritos de terror y persignar a un tiempo. Y, sin encontrar el suficiente valor para continuar mirando lo que acababan de descubrir, dieron media vuelta y emprendieron súbito retorno al sito que habían abandonado poco antes.

       »Un repentino y grande pavor se había apoderado de todos ellos, que no pensaron sino en huir hacia los lugares más recónditos del templo. En su precipitación arrollaban a los menos veloces, que no podían evitar la embestida de los más ágiles. Y gritaban:

       »—¡Es él! ¡Es él!... ¡Ha regresado!... ¡Ha resucitado!...

       »—¡Recen!... ¡Recen la "magnífica"! —gimió una anciana mujer.

       »—¡Canten más bien el "tono de las vacas"! —sugirió otra mujer aun más vieja que la anterior.

       »Y en un segundo, las plegarias, salpicadas por lastimeros ayes, convirtieron la iglesia en una olla de grillos.

       »Tras minutos de perplejidad, el padre Silverio, acompañado del cabo Pacheco y de otros lugareños de probada valentía, se asomaron con cautela a la puerta del templo, decididos a mirar detenidamente lo que ocurría afuera. Y vaya la sorpresa que se llevaron. Pues, ¡el mismísimo Galo Cordero, tal cual era cuando vivía y se le veía caminar por las calles, camino de la taberna o detrás de las chiquillas, atravesaba garboso la plaza contigua!

       »Traía Cordero los ojos enrojecidos, como si no hubiese dormido en mucho tiempo, y la barba crecida y enmarañada. Detalles que le daban el aspecto feroz de un feroz maleante. También se le veía flaco y pálido. Pero de la aureola que tanto hablara el cura, no traía la menor huella.

       »El aparecido se sorprendió a su vez al notar que la gentes, de riguroso luto todas, que nada más al verle se habían quedado como estatuas. Por tanto, cambiando la dirección que seguía, se acercó a la puerta de la iglesia, llevado por el prurito de la curiosidad.

       »—¿Quién ha sido llamado por la justicia divina a rendir cuentas de sus andadas? —inquirió Cordero con su acostumbrada pedantería a las sorprendidas personas que le miraban temblorosas y con la boca abierta, a punto de precipitarse nuevamente al seno del sagrado recinto en pos de protección.

       »El padre Silverio fue el único del grupo que logró articular palabra y, entre temblores, musitó:

       »—Tú..., tú... tú, hijo mío. Ahora mismo acabo de celebrar una misa, rogando a Dios por la eterna paz de tu alma —juntó las manos en actitud implorante—. Pero dime amigo mío: ¿Has... has sido incorporado ya a la Gloria? ¿Sí?... Entonces, ¿por qué te hallas vagando aún por el mundo de los vivos? ¿Te han concedido, acaso, vacaciones tan pronto?

       »—¡Una misa por mi alma! ¿Pero de qué está hablando usted, padre Silverio? ¿Está usted otra vez borracho? —respondió nada cortés el aludido, creyéndole al santo varón fuera de sus cabales. Y como si fuera poco lo dicho, agregó—: ¿Misa por mí? ¡Qué me lleve el diablo si lo entiendo!

       »Al escuchar aquella palabra que designaba al maligno, lo cual no garantizaba que estuviese en gracia de Dios quien la pronunciara, todos persignaron deprisa.

       »—¡Cómo! ¿Acaso no entiendes ya el lenguaje de los vivos? —contestó el sacerdote, guiñando un ojo, irritado por el sudor que el miedo le hacía verter a cántaros de la frente.

       »—Pero, ¿no ve que sigo tan vivo como usted? —arguyó Cordero, a punto de salir de sus casillas pero aún con ánimo para bromear— Vamos, vamos, padre Silverio, que a todo un cura no le hace nada bien andarse por las ramas. ¿Pues dígame usted quién de mis chismosos vecinos le ha ido con el cuento de que me he muerto? Va a verlo cómo ahora mismo le pedo cuentas al farsante.

       »El cura se limitó a mirarle con marcada duda pero nada dijo.

       »Carmen Cecilia, una joven de buen ver, pecosa y de hermosos ojos verdes, procurando superar el temor que le hacía castañetear los dientes, profirió:

       »—¡Oh! “Mister” amado, tú debes estar muerto. Es indudable. No lo niegues. Pues, aparte de flaco, estás tan pálido como los muertos. No puedes ser sino un fantasma.

       »—¿Estás segura, gatita? —Galo le abrasó el alma con su fulgurante mirada, mientras, sin dejar de sonreír, se acercó para darle un pellizco en donde no debía. La joven, ante el desparpajo del fantasma, se cubrió la cara con las manos, llena de vergüenza.

       »Sonrisas Figueroa patentizó se adhesión a la abochornada Carmen Cecilia, ofreciéndola lánguidas miradas. Deseaba demostrar su adhesión en momentos tan apurados. Y detrás de alguna vacilación se enfrentó al atrevido aparecido:

       »—“Mister”, tu condición de muerto te pone al abrigo de mi venganza —galleó—. De lo contrario, te lo suprimía ahora mismo. ¡Grosero!

       »Pero el insulto no quedó impune. Felisa, que no había tenido ojos sino para a Cordero, no pudo dejar pasar por alto la oportunidad de salir en defensa de su amado, y acercándose con sigilo hasta Sonrisas, le acarició en la de besar con una sonora bofetada. En tanto, Cordero, indiferente a lo que ocurría, sacando de no sé dónde un cigarrillo aplastado y torcido lo colgó de sus labios. Y luego de buscar sin éxito fósforos en todos los bolsillos, dirigiéndose a los concurrentes, expresó:

       »—¿Hay aquí alguien que me dé fuego? En estos últimos días parece que me he acostumbrado a fumar —e hizo un guiño al cura, que le miraba perplejo.

       »Ya fuese porque ninguno de los presentes contara con fósforos de momento o ya fue porque les parecía el colmo del cinismo que un muerto se pusiera a fumar, nadie hizo nada por complacerle. Fue entonces cuando el cura, que jamás había tenido la menor información acerca de que los muertos gustasen de cigarrillos y mucho menos fueran por el mundo pellizcando a las damas, empezó a sospechar que el hombre, a quien la comunidad entera le había llorado su muerte, bien podía estar vivo. Y no quiso seguir con la incertidumbre.

       »—Dime la verdad, muchacho: ¿Estás aún con vida? —le apremió el sacerdote, acercándose con cautela a Galo Cordero. De pronto, no tuvo ya duda, y tomándole por las solapas de la leva, le zarandeó mientras le reprendía—: ¿Dónde has permanecido malvado pillastre en tanto que tu pobre madre, tus amantes, tus rivales y aun las rivales de tus amantes lloraran a moco tendido tu presunta muerte?

       »—¡Demonios! —aclaró parsimoniosamente el aludido— Acabo de recobrar ahora mismo la libertad. Una banda de avezados forajidos que se proclaman guerrilleros, me ha retenido secuestrado durante el tiempo de mi ausencia, confundiéndome con cierto gringo de quien decían tener pruebas de pertenecer a la CIA. ¡Mi aspecto nórdico, como ustedes bien lo saben, me impone con demasiada frecuencia el amargo cáliz que debo apurarlo con santa resignación. ¡Ay, pobre de mí! Me he visto sometido a la humillación de permanecer encerrado en un cuarto oscuro, atado de pies y manos y con los ojos vendados. Créanme ustedes que estuve a un tris de perecer consumido por el hambre, ya que tales desalmados no me nutrían sino para conservarme apenas con vida. Y qué decir de la cama que me destinaron, que no era otra que el suelo raso y húmedo. Sin embargo, no me vejaron ni de palabra ni de obra. En realidad no parecían malas gentes. Sólo buscaban lo suyo. Y cuando ya me acostumbraba a mi prisión y me decidía a pasar ahí el resto de años que me quedan, de pronto, percatándose de su error, me dejan en libertad. ¡Diablos! Estoy muerto de hambre, de cansancio y de sueño.

       Ante semejante explicación, el cura no tuvo otro remedio que dejarle en paz.

       »—¡Hijo mío! —acudió su madre con la velocidad del halcón que cae sobre su presa, pero gritando como una lechuza— ¡Hijo mío, has vuelto! —y le atrapó con férreo abrazo, pese a sus debilitados brazos.

       »A nadie le convenció el cuento del secuestro expuesto por “Mister” Cordero. Pero ¿se trataba realmente de un cuento?»

     

     

     
      

     

                                                              EPILOGO

     

       Cuando finalizó la lectura de su tercer relato, el aspirante a escritor miró con entusiasmo a su consejero, quien, con su cortés silencio, le había permitido leer sus creaciones con la tranquilidad necesaria. Y bien, la hora de oír su constructiva crítica había llegado. ¿Qué le diría? ¿Le felicitaría o nada más se limitaría a señalar con aprobadora mirada el relato que a su juicio contaría con mayores posibilidades de triunfo en el esperado concurso literario?

       Lequerica, antes de atreverse a solicitar la opinión de su consejero, que se mantenía como congelado por la quietud absoluta, se permitió por primera vez a mirarle directa y atentamente. Y lo que vio le desconcertó.

       El célebre doctor roncaba suavemente, casi silenciosamente. Entonces comprendió que él no había escuchado una palabra de la lectura. Y como para confirmar su convencimiento, en ese preciso instante se despertó mirando a su derredor con sobresalto. Observó por un rato confundido a Lequerica y pudo al fin recordarlo y recordó también las últimas palabras que le oyera antes de que Morfeo le tomase en sus brazos.

       —¡Fantástico, fantástico! —exclamó, dejando aflorar en sus marchitos labios el recuerdo de esas dos palabras que habían quedado sedimentadas en la memoria, aplastadas pero latentes, bajo el peso de unas horas de sueño y que ahora salían a flote llenas de fuerza. Miró su reloj de pulso y la hora que éste indicaba le sorprendió ingratamente. Dándose cuenta de que su visitante continuaba con un folleto en las manos, le apremió poco cortés—: Pues bien, amigo, ¿qué espera para comenzar la lectura? Le prevengo que no dispongo de toda la tarde para dedicarla sólo a usted. Debo también dormir la siesta. —¡Por Cristo crucificado! Cuando uno va poniéndose viejo, empieza a comprender que en la vida nada hay mejor que el sueño. Es él la leche de los ancianos —miró nuevamente su reloj y agregó—: Vamos, señor Lequerica, empiece a leer —y sin pretender oponer la menor resistencia, se dejó otra vez dominar por el sueño.

       Lequerica estuvo tentado de llevar los dedos a la boca y, luego de llenar al máximo los pulmones de aire, arrancarle del sueño con un tremendo silbido. A su entender, el ilustre doctor lo tenía bien merecido aquel susto como equitativa retribución a su descortés hospitalidad y, sobre todo, por su dudosa actitud a la hora de acudir al llamado de ayuda de un colega en ciernes. Pero optó por dejar las cosas como estaban.

       Guardó en su portapapeles las cuartillas impresas que había cargado consigo y, moviéndose con sumo cuidado, dejó la casa del literato.

       No le quedaba ya la menor duda de que, en el mundo de las letras, el escritor se halla como en la torre de Babel. Nadie puede escuchar su grito de auxilio puesto que cada uno habla un lenguaje diferente. Además, ¿quién, por buen samaritano que fuese, sería tan pródigo como para dar a beber a otro del agua que precisa para sí mismo, mientras permanece en aquel abrasador desierto, a donde ha ido a parar persiguiendo el fugitivo éxito?


     

    24 de enero de 1999

    Carlos Villamarín Escudero

     

    LECTOR

     

    Si este libro te agrada, no lo prestes, porque restándome compradores, agradecerías, el deleite que me debes, devolviéndome mal por bien.

    Si este libro no te agrada, no lo prestes, porque obra insensatamente quien propaga lo malo.

    Prestar un libro es un gran perjuicio para el autor que cobra derechos por ejemplar vendido.

     

     

     

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